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ENTRE REPRESENTACIONES, PARADIGMAS Y MODELOS MENTALES DEL TRABAJADOR SOCIAL -UNA APROXIMACIÓN A TRES ESTILOS PROFESIONALES-

 

 

ENTRE  REPRESENTACIONES, PARADIGMAS Y MODELOS MENTALES DEL TRABAJADOR SOCIAL

-UNA APROXIMACIÓN A TRES ESTILOS PROFESIONALES-

 

Aura Victoria Duque

Docente Departamento Desarrollo Humano

Universidad de Caldas 

Resumen

Este artículo muestra una síntesis reflexiva y de integración en torno al objeto de investigación: -la praxis profesional- que la autora ha venido indagando a partir del problema de la formación y la situación de la crisis de los modelos de acción, en el marco de posturas contemporáneas criticas, donde se hace evidente el asunto de los paradigmas de la profesión, las representaciones sobre las prácticas y los modelos mentales de los Trabajadores Sociales. La indagación, fruto de seis años de experiencia (2000-2005) como docente de Fundamentos de Trabajo Social II, posibilitó el acercamiento a las fuentes través del ejercicio investigativo de aula y de la investigación social con la participación de 400 estudiantes, 15 profesores y 68 egresados en ejercicio, como informantes. A través de cuestionar una practica operativa-sincrética aún prevalente, en el marco de la discusión contemporánea y derivar en la necesidad de un Trabajo Social crítico, se muestran las relaciones entre las tres categorías de análisis (representaciones de la practica, paradigmas teóricos y modelos mentales) para develar, frente a la existencia  de tres estilos profesionales, la necesidad de pensar la formación académica desde ciclos propedéuticos (técnica, tecnológica y profesional), como salida a la critica mundial que, por cien años de historia, pone aún a la profesión en una encrucijada. 

 Reflexiones de entrada.

 Indagar sobre las implicaciones y/o co-variaciones de los modelos mentales o estructura de pensamiento y las prácticas de intervención en Trabajo Social desde sus representaciones y paradigmas, demanda, en primera instancia, de una reflexión sobre los vínculos que estas dos dimensiones establecen en el inter-juego: modelos teóricos-cogniciones- prácticas sociales, o matriz: epistémica-psicológica-cultural.                          

Los estudios sobre la naturaleza de la profesión buscan orientar la renovación de sus marcos de referencia tanto para el abordaje teórico, como para el abordaje de las demandas prácticas de la intervención; marcos que para el primer nivel se relacionan con lo contextual, lo conceptual, lo praxeológico, lo epistémico-paradigmático y lo histórico, en la búsqueda de permanentes modelos teóricos o modelos de situación, en el presupuesto de Popper (1974) frente al problema del objeto de conocimiento; y, en el segundo nivel, se relacionan con los escenarios, las instituciones, los actores sociales, los objetivos, los roles, la función social y los procedimientos o modelos de representación en torno al objeto de conocimiento y acción.

Emerge así la pregunta por las representaciones en torno a las practicas profesionales  (construcción social), los paradigmas teóricos (tradición heredada de la ciencia) y los modelos mentales (estructuras cognitivas de los Trabajadores Sociales), para definir modos de actuación  o posibles estilos profesionales que se configuran entre modelos empírico-técnicos y modelos reflexivos-teóricos. De este modo, se visualizan dos necesidades: la emergencia por descubrir para comprender y transformar, frente a la decadencia del describir para justificar y mantener, y la emergencia de un sujeto construido que se de-construye para construir-se mediante la recuperación de aquella "razón sensible" propuesta por Maffesoli (1997).

Desde esta óptica, es relevante pensar cómo, hoy, el problema para el Trabajador Social se asume desde tres tareas: la construcción (reconocimiento) de las mediaciones de la cultura, la de-construcción (develamiento de las contradicciones) de las interacciones sociales para comprenderlas, y la re-construcción de nuevos significados, para dar  sentido a la intervención (re-construir, transformar, aprehender, re-equilibrar…). Aquí la configuración de nuevos significados es constitutiva de un lenguajear (proceso cognitivo) y un emocionar (proceso social),  que para Maturana (1998), son experiencias del aprehender a ser humanos, entendido lo humano, como un fenómeno de interacción,  que  no  se  da   únicamente   en la interioridad individual (I), sino que se expresa en acciones intencionadas (comportamientos)  en  permanente  dialéctica   con la cotidianidad  del mundo de la vida que soporta la estructura social (S), (lo  humano para  lo  social) y la  dinámica   relacional mediada por  el entorno (E).

Esta reflexión remite a la consideración de tres mediaciones en los procesos de interacción social como objeto del Trabajo Social: la razón técnica (problema cognoscitivo), la razón práctica (problema ético) y la razón sensible (problema estético). Espacios en los que se constituyen los principios para la construcción de "la verdad  como fundamento subjetivo" (relativismo) enfrentada hoy al mundo de la incertidumbre, donde la autonomía del sistema y la voluntad del sujeto son un único principio de todas las leyes, que, según Kant (1961), se enfrenta a la razón especulativa que debe trascender las máximas del mundo de lo subjetivo con el fin de dar paso a los principios; razón especulativa que, como intuición sensible, hace posible el conocimiento a priori  para objetos de los sentidos, expresados como relaciones sociales.

La intención de esta reflexión, a la luz del problema de la conciliación del círculo dialéctico de la práctica profesional, mediante un tercero incluido: el método, como posible alternativa a la conciliación y coherencia de la intervención, se lee en términos de utilidad, en la contrapregunta ¿cómo se reconocen los trabajadores sociales en su intervención frente a la fractura epistémica de su práctica profesional, dadas sus representaciones, paradigmas y modelos mentales? Esto implica el interpretar cómo el quehacer profesional ha estado predeterminado por un vacío epistemológico donde, la crítica mundial, concuerda en las representaciones de un Trabajo Social instrumentalizado, fragmentario, que deforma las prácticas sociales con el uso incompatible de medios, o un eclecticismo desordenado y que la investigación de Duque (2005) asocia a los modelos mentales de los Trabajadores Sociales (posibilidad de sus estructuras cognitivas) para dejar en claro un bucle pernicioso de la praxis profesional que hay que romper para dar apertura a una practica en conflicto y que deja en claro: el abordaje de marcos teóricos contradictorios; la incoherencia entre lo propuesto y lo realizado; el distanciamiento entre el deber ser, el ser y el hacer; la no-resignificación de la práctica dentro de la vida cotidiana del profesional; el desconocimiento de un marco epistemológico-pedagógico como plataforma de la acción social y la baja competencia (individual) del profesional.

Aquí se hace evidente la pregunta por el soporte científico de la profesión, que si bien se inscribe dentro de la dinámica de las ciencias sociales, para su fundamentación teórica, se teje en desencuentros con unas prácticas de intervención distantes de la “vigilancia epistemológica” (posibilidad de lectura meta-cognitiva que demanda de paradigmas complejos y de modelos mentales estratégicos o pensamiento peninsular, según Morin [2001]). Parece ser que los universos simbólicos de la profesión se construyen sobre fragmentos de imaginarios colectivos en relación con las formas como los Trabajadores Sociales perciben, procesan e interpretan la información a partir de la resignificación de sus imaginarios individuales para enfrentar los problemas de la intervención profesional; situación que lleva a preguntarse: ¿es el Trabajador Social, como sujeto de acción social, coherente en la práctica de su discurso (implícito o explícito)?

Bien pareciera por todo lo anterior que el problema se perfila en la dinámica de la escisión entre los discursos teóricos y los discursos de la practica, frente a debilidades metodológicas aunadas a formas de estructurar cognitivamente la acción, por un sujeto de intención (que piensa), que no accede a su dimensión como sujeto de reflexión (que propone) para evidenciar su coherencia argumentativa como sujeto crítico de acción (ser). Este problema se analiza aquí desde el bucle: modelos mentales-representaciones de la practica-paradigmas[1].

Representaciones en torno a unas prácticas enfrentadas a un cambio de paradigma y a una sociedad en crisis: ¿praxis en decadencia?

La década del noventa y la entrada al tercer milenio, avizoró para el Trabajo Social un período de reflexión sobre su praxis profesional, en orden a su identidad y especificidad y un intento por salir de una etapa (década del ochenta) que caracterizó a la profesión por un estado de ostracismo, ausente de reflexión crítica. La fragmentación de la praxis del Trabajador Social, como ruptura epistemológica, pone a la profesión en un hito histórico frente al reto de dejar de ser fragmentadora y superar el instrumentalismo para recuperar la mirada epistemológica en el marco de las ciencias sociales y en el proyecto de profesión, en su impacto social. Un Trabajo Social en crisis, enfrentado a una sociedad contemporánea en crisis, que se caracteriza por: un acentuado empirismo; una concepción tradicional como herencia del cristianismo y humanismo clásico; una metodologización monista; una parcelación de la realidad; y un bajo impacto en el desarrollo humano y socio-ambiental.

Situar la profesión en un nuevo orden simbólico, que empieza a construirse con grandes inconsistencias y contradicciones conceptuales, en el origen mismo de su etapa científica con Mary Richmond[2], y a recibir  las influencias tanto políticas (ideologías de poder), sociales (problemática mundial sobre la violación de los derechos humanos), científicas (las revoluciones científicas con los desarrollos de la física: la teoría de la relatividad, la física cuántica, el genoma humano, el fortalecimiento de los enfoques sistémicos, el resurgir de la ciencia cognitiva con los aportes de las neurociencias) e ideológicas[3], es hacerse la pregunta por su matriz disciplinar, en términos  Kuhnianos (1995, 1996), o la pregunta sobre las revoluciones científicas de la profesión y, cómo esta matriz, soporte de las prácticas de intervención, se orienta por la dinámica misma de los modelos mental que la hacen viable.

Para los desarrollos del Trabajo Social, tanto el mundo subjetivo, como la  vida cotidiana y la intersubjetividad social, se constituyen en constructos para evidenciar las interacciones sociales como objeto de su acción. Constructos que se organizan en el aquí y en el ahora, en la relación cuerpo-sentimiento, mente-espíritu, a través de los universos simbólicos, que en términos de Berger y Luckmann (2001), constituyen el universo simbólico que aporta el orden para la aprehensión subjetiva de la experiencia biográfica. En el mundo de la vida el universo simbólico es teórico como unidades conceptuales que aportan los esquemas para la aprehensión subjetiva de las narrativas de vida en la dialéctica individuo-sociedad-entorno.

Este proceso es realizable mediante la objetivación de la experiencia como un aprehendizaje a través de la negociación de los esquemas de tipificación (códigos) en la construcción de identidad. Para estos pensadores, cuando un individuo ha llegado a un grado alto de internalización se puede considerar miembro de la sociedad (paso de lo biológico a lo cultural). Esto es, ha cerrado el ciclo de construcción social de su realidad a través de las interacciones sociales en "un actuar sobre el otro dentro de una situación social" (Schutz, 1993, p.46), donde se establecen dos condiciones necesarias: que el partícipe preste atención al actor y que se desarrolle un contexto motivacional para la interacción con la implicación de vivencias conscientes en un continuo compartir.

Desde este panorama se hace urgente y necesario el cuestionamiento del Trabajo Social, que en el ámbito de lo local, lo nacional y lo internacional, es objeto de interés, en las últimas décadas, frente al decaimiento instrumentalista de la profesión, y frente a la consideración de proto-formas humanas, construidas sobre modelos asistencialistas. En efecto se demanda de una lectura epistemológica que posibilite: construir teoría reflexionando sobre la teoría (matriz epistémica); interpretar sentidos desde la movilización de los esquemas de representación; reflexionar sobre el sujeto que interviene frente a su propia realidad y otras realidades (universos simbólicos);  e identificar fuentes de criterios como fundamentalismos valorativos  (paradigmas).

Para América Latina, este cuestionamiento, se aborda en el contexto de la tecnocracia desarrollista, enmarcada por la política de un estado intervencionista protagónico, naciente con la “Alianza para el Progreso”, en la década del cincuenta. De modo que la necesidad de desarrollo económico va alejando a la profesión del campo terapéutico, para acercarla a otras áreas de acción, que para las décadas  del 30 y el 40, respectivamente, se fortalecen en Estados Unidos como Trabajo Social con grupos y comunidad. Pero, no obstante, este alejamiento-acercamiento a otros escenarios no-visibiliza cambios significativos en las representaciones o en los esquemas de actuación frente a las prácticas sociales.

Es así, cómo un siglo (XX) caracterizado por la ausencia de rupturas puntuales frente a los paradigmas pre-clásicos de las profesión y clásicos de las ciencias sociales, en pugna con la nueva racionalidad emergente, debilita la coherencia teórica y metodológica de los modelos alternativos nacientes, que soportan el ejercicio de una praxis profesional en la dialéctica: teoría-método-práctica, en el marco de una teoría social y humana, que, en los Trabajadores Sociales (informantes), se caracteriza por una representación que se mueve entre dos tradiciones para el Trabajo Social (empírico-analítica y de la complejidad), y donde los sistemas de interpretación de los profesionales lo posibilitan o no. Esto quiere decir, que la representación se construye a partir del “…significado atribuido al objeto de  experiencia” (Duque, 2003, p. 45), que, a la vez, es  modelado por las practicas culturales, donde: “La realidad representada es un producto de la realidad aprehendida por el sujeto, en tanto experiencia social, mediante un proceso de pensamiento que, necesariamente, es individual” (Duque, 2003, p. 51).

En este marco de definición, las representaciones, de los Trabajadores Sociales, en torno a la crisis del Trabajo Social, muestra cinco tendencias: 1) Es consecuente de la crisis social, como condición estructural que no posibilita el cambio; 2) Es producto de la formación y las bajas opciones para la cualificación profesional 3) Es producto del bajo impacto profesional por el papel técnico que ha caracterizado la intervención y sus distanciamiento frente a la participación en el diseño de la política social; 4) Es consecuente de la responsabilidad social del Trabajador Social y de su baja capacidad de innovación; y 5) No existe crisis para el Trabajo Social por su fortaleza operativa, o su orientación al hacer. En síntesis, para Duque (2003, p.99): “Todas estas representaciones, al entretejer el ideario en el entramado discurso-vivencia, muestran trasmutaciones de estas realidades, donde el puente entre el pensar y el hacer, mediado por el sentir-desear, en un decir, antepone el mecanismo de la auto-justificación para negar al Trabajador Social mismo, como fuente de su praxis”. Evidencia de un determinismo cultural que parece excluir al sujeto (Trabajador Social) de toda responsabilidad.

Estas construcciones se articulan con tres representaciones en torno a la misma practica profesional, así: 1) el mito del sentido común que lleva a reconocer la practica sólo desde su valor empírico, aunado ello a tres fenómenos: el no-encajamiento de las teorías científicas en las redes semánticas de los Trabajadores Sociales, el uso de teorías no-conmensurables frente a un mismo asunto, y la percepción de la teoría como una formula; 2) el mito de los repertorios con la trivialización de los discursos, lo que da cuenta de limites en el pensamiento para el ejercicio de interpretación con la emergencia de un discurso redundante con baja argumentación y tendencia al sincretismo lingüístico; y 3) el mito de lo operativo que habla de cómo el Trabajador Social parece situarse por fuera de su praxis en relación directa con su cosmovisión, la cual re-produce en el discurso (mundo técnico). En general, “se hace visible un sistema de acción en el que la pretendida neutralidad  valorativa o toma de distancia, para los más moderados, se trasmuta en no-neutralidad, quiérase o no, con la negación del sujeto, para caer en la ideologización de la praxis en línea radical” (Duque, 2003, p. 175).

En este punto de la reflexión, la pregunta por el sujeto mismo que hace Trabajo Social, como actor social, deja ver tres representaciones de sí mismo con relación a la respuesta que da a su quehacer profesional: la impotencia, la angustia existencial y la sumisión. Representaciones que dan cuenta de un profesional con tribulaciones en su yo o historias de vida no resueltas o narrativas inconclusas pero, a la vez, responden con tres formas de representación frente a la adaptación a la vida cotidiana (laboral o académica), tales como: adaptación pasiva o actitud de resignación y acomodación fácil, adaptación de contrachoque o conflictuación irresoluta, donde se reviven y mezclan crisis personales con indiferenciación de sentimientos y emociones y, como muy baja tendencia, adaptación constructiva con actitudes positivas para el abordaje de las perturbaciones cotidianas y salidas generativas a la solución de problemas del diario vivir y a las transiciones ecológicas.

Ahora bien, es inminente el cambio de paradigmas, donde hoy, es significativa, por un lado, la orientación de la acción social a segmentos invisibles de la población: mujer, niñez, tercera edad, discapacitados, como reflejo de dos fenómenos: la ruptura de las fronteras de las disciplinas frente al desencanto de la ciencias sociales con la necesidad de una mirada interdisciplinaria, y el movimiento internacional en favor de los derechos humanos; y por el otro,  la emergencia de lo subjetivo como la posibilidad de co-construcción de la realidad y mediación de cualquier propuesta de trabajo. Una muestra de ello se observa en el preámbulo del XV Seminario Latinoamericano de Trabajo Social, donde se hace una reflexión sobre la profesión, en perspectiva para la década de los noventa y finales del siglo XX e inicios del siglo XXI (Centro Latinoamericano de Trabajo Social, 1995), con apreciaciones, entre otras, como:

  • La puesta en común en el ámbito continental sobre la pregunta  "¿Cuál es el papel que debería jugar la profesión para sostener la legitimidad en el espacio que hoy tiene en la sociedad?" frente a saltos cualitativos demarcados por hitos en la historia, a los que es impensable un retorno, pero si una crítica reflexión.
  • La búsqueda de una identidad que trascienda la instrumentalización de la profesión, en su análisis desde las ciencias sociales frente a dos fenómenos: el pragmatismo en la intervención y la tendencia a la hiper-especialización técnica.
  • La legitimidad de una profesión en el espacio de la configuración política contemporánea.
  • La crisis de los paradigmas de la ciencia que obliga a la discusión epistemológica de los modelos explicativos globales, donde “la tentación por categorizar lo particular resulta infecundo, conceptualmente hablando”.
  • La reflexión sobre la formación académica en Trabajo Social.
  • “El conocimiento del imago (imagen) histórico-social de oscilación pendular, cuyos ritos se visualizan en actitudes comportamentales de fatalismo-inmovilista o mesiánico-militantista” (Centro Latinoamericano de Trabajo Social, 1995, p.82).
  • El abordar la crisis de la sociedad, enfrentando la pobreza, con estrategias de desarrollo humano y social que trasciendan el logro del bienestar social a la satisfacción de las necesidades básicas.

Pensar en estos considerandos, en el plano de lo local, para el Trabajo Social, conduce a la comprensión y reconocimiento de la escisión de una práctica profesional en la dialéctica: conocimiento-realidad-acción, para posibilitar el acercamiento a los umbrales del marco epistemológico que se construye en una matriz sincrética donde el Trabajador Social, sin proponérselo explícitamente, se fija objetivos y metas provenientes de un determinado marco teórico, diseña una metodología desde parámetros paradigmáticos de otro norte y  aplica un instrumental que hace que inscriba su practica social en un tercer frente paradigmático para abordar el problema. Evidencias todas ellas del cambio de paradigmas, el cual emerge, ya no como la revolución científica Khuniana (2000), sino como la hibridación de propuestas, a falta de modelos (no un único modelo) coherentes para la profesión. Pero, cabe aquí la pregunta ¿será la profesión o será el Trabajador Social quien deifica sus marcos de comprensión y actuación profesional?

Frente a esta precisión hay que añadir, cómo los  procesos de modernización, el tránsito a la post-modernidad, la coexistencia de diferentes lógicas y el paso de una razón instrumental a una razón compleja, se configuran como el camino a otras formas de racionalidad científica que abren las fronteras del conocimiento y posibilitan el pensamiento al margen, para proponerle al Trabajo Social nuevos roles en la intervención y otras acciones que den cabida a la posibilidad de una profesión compleja por tradición, en una sociedad compleja por condición humana, y que de alguna forma abre el potencial de análisis de una pluralidad de acciones como estilos de intervención. Reporta Duque, en su investigación (2005, p. 149), como la presencia de ciertas cosmovisiones se relacionan con la posibilidad de incluir, como ya se afirmo, los paradigmas emergentes, en las redes semánticas de los Trabajadores Sociales, como se observa en la tabla siguiente.

Cosmovisiones en los Trabajadores Sociales

VISIÓN

RACIONALISTA

VISIÓN TÉCNICA

VISIÓN CRÍTICA

VISIÓN

COMPRENSIVA

VISIÓN

COMPLEJA

Metáfora de la

Máquina

 

Metáfora del

Mercado

Metáfora del

Circuito Cerrado

Metáfora del Rey

Pigamalión

Metáfora del

Holograma

Mundo Objetivo

Mundo Objetivo

Mundo

Intersubjetivo

Mundo Subjetivo

Mundo Ecológico

5.5% Casos

89% Casos

5.5 % Casos

0,0% Casos

0.0% Casos

Actitud esencialista que se correlaciona así con los paradigmas de la ciencias sociales: a) visión racionalista (metáfora de la máquina); b) visión técnica (metáfora del mercado); y c) visión crítica (metáfora del circuito cerrado).Es de anotar que la investigación no reportó presencia de cosmovisión comprensiva ni cosmovisión compleja. De acuerdo con estas visiones se sustentan paradigmas del Trabajo Social (tradicional, en transición  y crítico) con una alta tendencia a una postura ecléctica desordenada (retoman elementos contradictorios de las diferentes teorías y cosmovisiones) que los ubica en condición de paradigma en transición con una doble connotación: a) posibilidad de cambio de paradigma al irse involucrando discursos de cosmovisiones alternas, y b) dificultades en la lógica de constitución de la praxis por incoherencia argumentativa.

La idea de la representación de una praxis ecléctica en contradicción interna, diferente al reconocimiento de una pluralidad  de marcos conceptuales (coherentes internamente), a pesar de los esfuerzos de la academia (en la última década), por la reflexión teórica, deja ver la escisión academia-medio laboral. Circunstancia que expresa, por una parte, la intención de una acción basada en el reconocimiento en las significados construidos culturalmente, mediante el diálogo cotidiano para entretejer los sentidos que los actores sociales escenifican (sus mundos de la vida); y por la otra, la pretensión, en términos de la acción comunicativa, de una interpretación constructiva de las experiencias de la vida  y una co-construcción de realidades. No obstante se deja en claro un vacío político, producto de la contradicción discursiva, cuando se impone un carácter técnico.

Investigar las representaciones de las prácticas de intervención, como pretexto para la comprensión de la escisión epistemológica,  es abrir el diálogo entre actores (trabajador social) y escenarios (campos de actuación), para dirimir el conflicto entre viejas formas prevalecientes, y quizás irrelevantes, y nuevos escenarios intervenidos con estas formas. Como afirma Esquivel (1999), el Trabajador Social, debe participar en el plano político con una acción competente, eficiente, eficaz e integral; no con una posición idealista, sino real, sustentado en tres competencias: técnica,  teórica y política, para saberse anticipar a las implicaciones ideológicas (mirada macro o de contexto), de un nuevo siglo, según Netto (2003), diferenciado por tres rasgos: el abismo cada vez mayor entre mundo rico y pobre, la crisis ambiental y la resistencia al cambio o xenofobia (miedo a lo extraño); e, insiste el autor la presencia de xenodiagnósticos (conocimiento de las realidades sobre variables extrañas).

En esta medida, aunque los ideales hoy siguen siendo los mismos, el fracaso de las proto-formas de intervención se evidencian como el fracaso de la “razón”, donde hay que seguir pensando en las utopías como una –nueva opción utópica- llámese sistémica de cualquier orden, complejidad, constructivismo, construccionismo o, en últimas,  funcionalismo (pero a consciencia y con coherencia). Aquí el Trabajo Social nuevamente se pregunta sobre su función social, muy enmarcada en el ámbito político, posibilitador del desvelamiento de las estructuras ‘existenciales y culturales’, que obliga a enfrentar la pobreza (en todas sus manifestaciones), la iniquidad social y la violencia (en sus diferentes expresiones, tanto física como simbólica), como escenario de actuación profesional en la complejidad humana-social.

En síntesis, es claro, como la representación del mundo de la praxis por el Trabajador Social,  excluye del territorio el asunto de lo subjetivo como mundo y la subjetividad como representación (en tanto herramienta y marco de interpretación),  forma de pensamiento y marco de actuación, donde la garantía de la interacción social esté dada por la toma de conciencia, primero del mundo interior (propia subjetividad como historia y potencia de vida), y segundo, por el reconocimiento del otro en su subjetividad en el acto intersubjetivo (dialogo de subjetividades) que hace viable la convivencia , la constitución del sujeto y el desarrollo humano.

Moverse entre una racionalidad técnica del mundo cotidiano y  una racionalidad critica del mundo de las subjetividades, pone al profesional en un dilema, donde, sin proponérselo, cae en el eclecticismo desordenado como figura peligrosa que no garantiza el cambio porque, como afirma Duque (2003, p. 155): “Si un paradigma es critico, su cosmovisión es abierta; si un paradigma tradicional está en transición, su cosmovisión es cerrada; si un paradigma es critico para Trabajo Social, su praxis es critica. Una cosmovisión cerrada orienta un Trabajo Social, o en transición, o tradicional. En tanto: un paradigma critico no-reproduce un Trabajo Social tradicional o en transición; o sea que, un paradigma en transición no es critico”.

Posibilidad de los modelos mentales como constructos paradigmáticos: estructuración cognitiva.

El principio dialéctico: tesis-antitesis-síntesis y el círculo dialéctico: teoría-reflexión-práctica, cristalizados en la espiral del conocimiento científico, propugnaban, para la práctica de Trabajo Social, por un cambio de paradigma, otras formas de lecturas a la propia realidad profesional y a la realidad misma del Trabajo Social (interna-externa). En otras palabras, un cambio de modelos de representación mental, que para Gil’adi (2000), se constituyen como las imágenes que se tienen acerca de sí mismos, los demás y del mundo o “representaciones codificadas de la realidad”, formas que legitimadas por una comunidad científica, social, cultural o particular, dan vía a los paradigmas como modelos generales para pensar, valorar y actuar. Desde la perspectiva de Barker (1995), los paradigmas permiten: definir y establecer límites e indicar como comportarse.

Estos modelos de representación, como modelos teóricos de una disciplina, están mediados por los modelos mentales o individuales que, como estructuras cognitivas, posibilitan a las personas el ejercicio intelectivo como la capacidad de razonar dentro de unos marcos que son: incompletos y limitados, con fronteras difusas, con exigencias de habilidades para operar ilimitadamente, como procesos psíquicos para la comprensión (analizar, sintetizar y resolver problemas). Posibilitan el mapa para definir con el los territorios de su mundo.

Aunque es bien claro que las representaciones se construyen sobre la base de la propia vivencia y de los esquemas o instrumentos de conocimientos para procesar la información (nociones, proposiciones, conceptos, categorías) y posibilitar la argumentación como formas particulares (capacidades para pensar u operaciones mentales propias de los modelos mentales) sobre las que se cimientan las escuelas de pensamiento, en el intento de recoger las prácticas de un grupo determinado y, que a la vez  se constituyen en  los sitios claves del mapa (modelo mental),  más no en el territorio (sitios que puede presentar distorsiones de las realidades, al ser apenas una representación de la misma).

Son entonces las operaciones intelectivas y las creodas o estrategias las que definen la posibilidad del modelo mental entendido como: "las imágenes, supuestos e historias que tenemos en la mente acerca del mundo, de nosotros mismos, de los demás y de las instituciones" (Senge, 1990, citado por Gil’Adi, 2000, p. 5); imágenes y supuestos que posibilitan la solución de problemas. Los modelos mentales a su vez posibilitan la adhesión a un paradigma científico determinado o, en consecuencia, a un paradigma o cosmovisión del mundo (fuente empírica)

El modelo mental está entonces conformado por unidades de información discriminadas y unificadas que, como agregados de un sistema en forma interrelacionada, en general, dan origen a los esquemas, patrones y formas de concebir el mundo (representaciones). Pero a la vez la riqueza de las representaciones permite la construcción de modelos más complejos. Es entonces cómo, no-jerárquicamente, se visualizan: modelo mental, representación, paradigma, como tres instancias diferentes e interconectadas como una red compleja de interacciones e interferencias, dados los sistemas en que se insertan.

Aquí la posibilidad de abordar los hechos cotidianos como relaciones sociales expresadas en comportamientos, está delineada por la capacidad de hacer inferencias y predicciones dependientes del nivel de operatividad mental para abordar el o los modelos mentales. Para Perner (1994), son condiciones de los modelos: su estructura no arbitraria en correspondencia a la estructura del sistema que representa, la posibilidad de representación de un estado de cosas o hechos reales o imaginarios, la inclusión de elementos o entidades perceptibles (imágenes) y la no contemplación de variables al representar entidades específicas. Quiere esto decir que a través de los modelos mentales se configuran las diferentes representaciones del mundo, que sobre esas representaciones generales comportadas como modelos mentales se posibilita la comprensión del mundo, que las representaciones se construyen en el mundo de la vida sobre situaciones concretas reales o imaginarias y  que las representaciones permiten intervenir en el mundo, en el marco de paradigmas.

Es válida entonces la pregunta por los modelos mentales, en particular, como una posibilidad de comprensión y reconstrucción de la estructura del campo profesional para Trabajo Social, en la búsqueda de salidas efectivas frente a una sociedad en crisis, en tanto modelos mentales (internos: imaginarios individuales) y modelos teóricos o paradigmas (externos: universos simbólicos de la profesión). Dichos modelos mentales dependen del sistema de creencias y valores (paradigmas), dependen de la capacidad de computo e interpretación que, Morin (1994, p. 238) clasifica como: simples; especificas, múltiples y diversas; relacionales o computación de computaciones; y megacomputaciones o capacidad de síntesis integrativa que incluye el sí mismo.

El deber ser de la profesión, de alguna forma, se configura en representaciones idealizadas, según demandas sociales (externas), que entran en contradicción con los modelos mentales del Trabajador Social cuando son limitados, para la comprensión de la situación social que asume éste a partir de una estructura representacional sustentada en la escisión conceptual o fractura epistémica. El problema no son los modelos teóricos foráneos, como en algún momento se pensó, el problema es cómo se fusionan esos enfoques desde los modelos en crisis y desde los modelos de interpretación (modelos mentales del Trabajador Social, quien interpreta a través de ellos y construye representaciones), en su posibilidad de reflexión real. Es aquí, donde el horizonte para un Trabajo Social contemporáneo, debe reconstruirse sobre una estructura del campo profesional, re-pensada no sólo desde la ciencia social, como valor teórico (modelos teóricos paradigmáticos) sino desde el Trabajador Social como actor protagónico (modelos mentales), en la construcción de las representaciones de la profesión que, en bucle lo re-producen como Trabajador Social y como profesión. Bucle que no ha sido indagado, en sus posibilidades práctica (metodológica-pedagógica), teórica y filosófica, tanto en el entorno de lo local (Caldas), como en el entorno nacional.

En estas circunstancias, parece ser, que la discursividad argumentativa se sustenta para el Trabajado Social, en el ideal Kantiano (1961) de la ilustración “la liberación del hombre de su culpable incapacidad”[4]. Un meta-ideal que debe ser abordado para la profesión, en el problema de la transdisciplinariedad (cruce de diferentes disciplinas) que trasciende la compartimentalización en disciplinas o "barbarie al interior de las ciencias" (Morin, 2000) y posibilita la multidimensionalidad (Ander-Egg, 1999), o visión integral. Esta no-liberación o más bien no-reconciliación es producto-productora de modelos mentales débiles que generan entropía alrededor de funciones cognitivas tales como: percepción borrosa de la realidad, ausencia de pensamiento complejo, debilidad en la exploración y en el uso de pre-saberes, inflexibilidad cognitiva, incapacidad para comparar y establecer diferencias y relaciones, dificultad para delimitar problemas, inexactitud en las respuestas, dificultad para manejar mas de dos  fuentes de información a la vez, dificultad para comunicar resultados, entre otros.

La organización del esquema del modelo mental, frente a un ejercicio de tipificación de las categorías emergentes muestra, primero, cuatro tendencias (dada su organización) que se definen como modelos: empírico, mimético, estructural y complejo, y segundo, un meta-modelo o paradigma conector que orienta la praxis profesional por rutas enmarcadas en los paradigmas cognitivos: asociacionista, constructivista-organicista, cognitivista-conexionista; en otras palabras, paradigmas empirista y analítico que, como  estructura global de auto-referencia, establece, por un lado, el bucle: modelo mental-modelo de la práctica y, por el otro, visualiza un mapa en tormo al circuito conector de la realidad o forma como se organiza el mundo de la vida. Se encuentra, como tendencia, la ausencia de modelo complejo  y la presencia de modelos híbridos o conjunción de elementos de los tres primeros modelos, frente a la respuesta adaptativa profesional. Esto evidencia la  dificultad de toma de conciencia  que a su vez expresa, como trasfondo de las prácticas, que los Trabajadores Sociales formados en un modelo profesional científico (no-técnico) tienden a reificarlo en un modelo empírico (no-profesional) como producto-productor de la prevalencia de modelos mentales ambiguos y ausencia de pensamiento complejo (perspectiva ecológica del desarrollo humano).

Los modelos se definen por la confluencia de la capacidad de abstracción y del nivel de correlación de esquemas (conceptual, operativo y heurístico). Pensar los modelos mentales como producto-productor de constreñimientos, emergencias y contingencias del proceso mental en la interacción con el contexto que apoya la constitución del sujeto y las re-significaciones del mundo de la vida en una cotidianidad compleja y a la vez en crisis, donde el pensamiento lineal es insuficiente para enfrentarla, obliga a re-pensar las estructuras de pensamiento en su posibilidad multi-direccional o relacional. Ello implica que, ante múltiples contradicciones y altos niveles de complejidad de las realidades, un bajo nivel de abstracción del pensamiento y una baja capacidad de correlación (conexión conceptual) pone al sujeto en desventaja no-sólo en sus procesos de aprehendizaje sino en su capacidad de propiciar un permanente ejercicio de reflexividad como herramienta de desarrollo humano para generar estrategias de afrontamiento a sus transiciones ecológicas.

Un modelo mental  empírico supone un pensamiento practico-operativo-concreto, donde se podría hablar del desempeño de un rol profesional de asistente que funciona sobre la lógica del conocimiento ordinario (intuitivo), con un saber técnico de baja complejidad (5.5. % de casos). Un modelo mental mimético se mueve en una lógica conceptual simple que hace uso del razonamiento inductivo pero con dificultades para establecer relaciones virtuales (posibles). Esquema operatorio concreto con dificultad para anticipar la acción pero con mayor capacidad de reflexión, que el anterior, mediante la observación directa, ya no intuitiva  o elaboración con operaciones de primer orden como construcción de conceptos (11% de casos). Aunque el desempeño de roles de campo es significativa, éstos se orientan desde modelos explícitos-externos generalizados, por un lado, y muestran destrezas en el campo de la gestión donde se hace inminente la presencia de roles tales como: coordinador, administrador, supervisor, etc. Un modelo mental estructural, con mayor flexibilidad cognitiva, es fuerte en su capacidad heurística o capacidad para construir modelos según las circunstancias, como esquema operatorio formal. Al funcionar con una lógica deductiva (analítica), le es casi imposible acercarse a las condiciones de la subjetividad humana-social, alcanzando no el pensamiento comprensivo sino el pensamiento analítico-explicativo. Este modelo conduce a mayor capacidad de organización conceptual, uso de referentes teóricos (implícitos en los discursos), alta orientación al aprehendizaje por modelamiento, manejo de mayor flujo de información y conexión y capacidad para establecer algunas relaciones virtuales, entre otros rasgos (5.5 % de casos). Son atributos de este modelo los roles profesionales en las líneas de: investigación (analítica), administración y gestión y trabajo de campo.

Como se observa, la mayor tendencia se presenta con modelos híbridos o en transición o modelos mentales mixtos (78% de casos), bajo el fenómeno Piagetiano (1973) del “decalage” (operar a la vez en dos o más niveles cognitivos). Estos modelos mixtos parecen responder, más que a una síntesis  social-normativa que a una síntesis profesional, a parte de la posibilidad de acceso cognitivo a las experiencias, por parte de los Trabajadores Sociales; modelos con limites borrosos en la constitución de los mapas de referencia donde el fenómeno de la yuxtaposición conceptual se instaura, como módulo epistémico a partir del saber cotidiano, producido en los contextos de interacción; modelo que sustenta la tecnofilia de la practica social para restringir los roles profesionales al campo practico-técnico o de ejecución directa con los actores sociales.

En síntesis, los hallazgos evidencian una fractura del ejercicio profesional (teoría-método-práctica) con prototipos no-generativos que cuestionan la misma formación profesional desde un modelo mental entrampado y una crisis de agotamiento profesional como vacío ético con tendencia a la homeostasis social (constreñimiento en el equilibrio o re-equilibrio como acción teleológica u obligatoriedad razonada pero no-práctica, sobre la norma). En definitiva una práctica no-profesional, a ciegas (intuitiva), dados modelos mentales primarios que des-sujetan la propia organización y des-dibujan la identidad del profesional en el marco de los dispositivos cognitivos-emocionales de los Trabajadores Sociales (sistema profesional entrópico).

Los intentos de Trabajo Social, en el período de la post-reconceptualización,  por buscar otros modelos paradigmáticos que dieran salidas más efectivas a la práctica profesional, se mostraron débiles, primero, al centrar su mirada en los destinatarios, las instituciones y el entorno social para el desarrollo, con ausencia de definición teórica integral sustentada en una la matriz epistémica (implícita o explícita) como coherencia al modelo en cuestión (modelos específicos para la intervención) y segundo, por la imposibilidad de ruptura con los esquemas particulares tradicionales, como posibilidad de cambio (modelos mentales de los Trabajadores Sociales). No es de olvidar, como ya se mencionó, que la tendencia de los Trabajadores Sociales frente al reconocimiento de los paradigmas del Trabajo Social se ubica como postura en transición; quiere esto decir, en consecuencia, que asumen representaciones y constructor de paradigmas no-conmensurables.

Una insinuación a tres estilos profesionales: prospectiva de tres modelos de representación mental.

Razonar, actuar y enfrentar las circunstancias de la vida con base en modelos mentales, como ilimitados e incompletos y la habilidad para abordarlos desde las mismas representaciones, en el marco paradigmático asumido,  conduce a considerar el nivel de las interacciones sociales que soportan. Para Perner (1990) citado por, Riviére  y Nuñez (1991) la mente se comprende como un sistema representacional con capacidad de manipular representaciones a través de los modelos mentales que crea. Concibe este autor tres etapas o estadios representacionales: primario (posibilidad de manejar sólo un modelo); secundario (posibilidad de manejar e integrar mas de un modelo estableciendo relaciones de causalidad simple, limitada y con pocas posibilidades de predicción); y metarrepresentacional (posibilidad de crear macro-modelos que operen en red sobre los modelos básicos, tanto para ampliar la cosmovisión de relaciones e interacciones como, para monitorear los modelos construidos en red sobre las categorías: espacialidad, territorialidad, intersubjetividad y conectividad). La capacidad de representación, según Riviére y Nuñez (1991), lleva a la posibilidad de teorizar las situaciones y ésta a la capacidad de construir modelos mentales para las diferentes situaciones representadas. Esto implica el reconocimiento de cuatro categorías (cognición, regulación moral, acción y experiencia psicosocial) para hacer, aquí, la siguiente propuesta de estilos profesionales, como adaptación de la teoría representacional de Perner (1994), en un intento de construcción conceptual, tal como se observa en la tabla siguiente.

APROXIMACIÓN A LOS ESTILOS PROFESIONALES

ETAPAS REPRESEN-TACIONALES

COGNICIÓN

REGULA-CIÓN

MORAL

ACCIÓN

EXPERIENCIA PSICOSOCIAL

ESTILO

PROFESIONAL

PROPUESTO

Primaria-enáptica

 

Intuitiva (anomia cognitiva)

Instintiva

No reflexión en la acción

Egocentrismo intelectual

Confianza

Técnico

Secundaria-icónica

 

 

Concreta (heteronomía cognitiva)

Regulada por normas

Reflexión en la acción

Identidad de roles

Valoración social

Situacionista

Meta- representación-simbólica

 

Formal (autonomía cognitiva)

Basada en

principios

Reflexión sobre la acción

Identidad del  yo

Auto-determinación social

Contextuacionista

Un estilo de pensamiento, para Witkin y Goodenaug (1985, p. 11), en su acepción simple, es entendido en términos de: “Cómo le gusta hacer” o como le gusta utilizar las aptitudes a alguien. Esta definición sirve de marco para construir el concepto de estilo profesional, desde los tres rasgos que plantean dichos autores: la dimensión que se señala, lo que involucra y lo que muestra, que, referido al campo profesional remite a: las pretensiones profesionales (que hacer), los componentes involucrados tanto ambientales (patrones culturales) como individuales (fisiológicos, cognitivos, emocionales), y las formas de expresar las practicas (como hacerlo). En otras palabras, el estilo es una preferencia, un modo de funcionamiento individual frente a un quehacer y frente a formas de asumir el mundo de la vida, que deviene en una cultura del caos y la incertidumbre, como sujeto de oscilaciones, encuentros y desencuentros, enfrentado a dos alternativas: escindir su discurso y su práctica, o re-significar sus imaginarios individuales, para dar salidas creativas a los problemas que enfrenta en su intervención profesional, dados sus estilos profesionales.

Los valores atribuidos por los Trabajadores Sociales, a los componentes consultados sobre la estructura del campo profesional, insinúan, la presencia de los tres estadios de las representaciones mentales propuesto por Perner (1994). Aquí, en la perspectiva del Interaccionismo simbólico (construcción de significados), es clara la crisis de los esquemas de tipificación (crisis de paradigmas) o esquemas de interpretación (modelos mentales), como producto de las perturbaciones cotidianas. No obstante, es fácil comprender la coexistencia de tres tendencias de actuación frente a las prácticas profesionales para delinear, tentativa y siempre provisionalmente, tres estilos que se correlacionan con los tres modelos de representación mental citados. Estos estilos como: técnico, mimético y estructural son soportados en las siguientes teorías: del temperamento de Keirsey (1999), de los estilos de aprendizaje de Kolb (1976) y de la inteligencia emocional de Cooper (2000).

Estilo Técnico sustentado en un modelo de representación mental primario que orienta una intervención dada más en el nivel de trabajo de campo, con marcada tendencia a la no-reflexión en la práctica y sobre la práctica, enmarcado en un paradigma reduccionista y una visión operativa. Estilo profesional adaptador (o que se adapta pasivamente), en tanto preferencia por la experiencia concreta y el aprehendizaje (experimentación) activo. Para Keirsey (1999), se ubican aquí intereses en torno a acciones operativas, con rasgos como: normatividad, conformismo y rutinización. Sujetos situados en el pasado con necesidad de ambientes seguros y establemente legítimos. Se ubican laboralmente en trabajos operativos de corte material que no demanda comunicación abierta. Son cooperadores y hábiles en manejos logísticos. Los casos aquí situados responden más a un perfil de técnico social que profesional, con muestras de bajo desarrollo en factores tales como: capacidad de observación, expresión de emociones, introspección y relaciones interpersonales (baja autoconciencia).

En la clasificación de Kolb (1976), se ubican estos casos en un estilo de aprendizaje que centra el interés a partir de las experiencias concretas o la aplicación de conceptos, ubicándose en segundo plano la construcción de conceptos o conceptualización abstracta y la observación reflexiva. Estilo que no se correlaciona con el perfil profesional ideal del Trabajo Social, por su orientación a la acción. Es un estilo adaptador, operativo con tendencia a moverse en terrenos técnicos y con tendencia a descartar la teoría formal de la acción.

Aquí la indagación sobre el rendimiento frente al ambiente (respuesta adaptativa) con relación a su manejo, percepción, conocimientos, competencias, valores y creencias en las dimensiones intrapersonal e interpersonal, muestran un coeficiente emocional (CE), desde la perspectiva de Cooper (2000), vulnerable observándose el siguiente patrón: 1) vulnerabilidad en presiones del trabajo y personales cotidianas (no presencia de eventos o sucesos de vida traumáticos); 2) respuesta adaptativa social-personal vulnerada en el rendimiento y las relaciones interpersonales y mayor o menor incidencia en la salud general (somatizaciones) y la calidad de vida; 3) vulnerabilidad en auto-conocimiento, flexibilidad en la comunicación y relaciones personales;  y 4) vulnerabilidad en valores como compasión, confianza e integridad. En síntesis, se presenta, como significativo, el factor de no-satisfacción laboral-académica, como punto crítico en este perfil, que correlaciona con la preferencia de temperamento orientada, en lo laboral, más a lo técnico que a lo profesional.

Estilo situacionista sustentado en el modelo de representación mental secundario que define una intervención en orden a procesos de diseño, aplicación, seguimiento y evaluación de estrategias (reflexión en la acción, pero ausencia de reflexión sobre la acción, con cruce de paradigmas o visión ecléctica). Preferencia por un estilo personal convergente que se expresa en intereses por la experiencia activa y la conceptualización abstracta. En este estilo pareciera no haber correlación con la preferencia de estilo personal de Keirsey (1999),  al presentarse, en algunos casos, un estilo que coincide con la preferencia cerebral (lógica) en torno a la constitución del pensamiento, cuyo perfil encajaría más con un estilo contextuacionista o modelo mental estructural. Lo que se observa es una muy baja ponderación del desarrollo en torno a los componentes que, en general, integran estos estilos así: preferencia perceptual (factor sensorial) o tendencia a experiencias prácticas e inmediatas con ponderación cero en una escala de diez y ocho punto (0=crítico a 18=alta) en el 50% de los casos y preferencia perceptual (factor intuitivo) para el 50% de casos con ponderación siete (aún baja). Se encuentra como factor común la experimentación activa cuyo rasgo característico es el aprehendizaje activo, con orientación al mundo externo y tendencia a la organización y planeación de los espacios cotidianos, rasgo consecuente con el modelo mental mimético basado en el esquema operatorio empírico con apertura a la organización del mundo.

Los tipos de Keirsey (1999) aquí se orientan por intereses tanto en asuntos de la administración (igual que el estilo anterior), como de orden más conceptual como actividades de docencia y racional como movilizadores (líderes). Estilo que presenta mayor coherencia con las funciones profesionales que se centran en el campo de la gestión (administración) para el Trabajo Social; su bajo perfil, explica su concordancia, por un lado, con el bajo rendimiento profesional (promedio de dos en una escala de cinco) y el bajo desarrollo de la competencia profesional (promedio de 2.9) que, de igual forma, correlaciona con la auto-percepción del rendimiento con un promedio de 3.3 y, por el otro, con la prevalencia del modelo mental mimético (bajo nivel de abstracción cognitiva, perceptiva y emocional) que vulnera cualidades tales como: manejo complejo de información, lectura de realidades no-observables, inferencia lógica e intuitiva. Se observan dos tendencias: una con mayores habilidades e intereses en el campo administrativo y mayor desinterés en el campo de ejecución de acciones, y otra, con iguales intereses y habilidades en la ejecución de acciones y en la gestión (que en la práctica integran directamente).

En correlación con un coeficiente emocional medio (óptimo), se evidencia, en este estilo, un centramiento o perspectiva sociocéntrica del yo en el mundo (manejo figurativo del espacio perceptivo), donde una alta vulnerabilidad en el sistema atencional-perceptual (filtro de información) puede llevar a omisiones y/o distorsiones de las experiencias yo-mundo-otro. El contacto con el mundo encuentra límites por su orientación a las vivencias y experiencias externas desde donde se reconocen o aíslan las internas. Es el estilo con menos vulnerabilidad en el manejo del ambiente, por su capacidad de integración pero a expensas de renunciar (inconcientemente) de su dimensión individual. La mayor emergencia se centra en factores relacionados son: sentimientos morales-cognitivos en torno a la intuición, la confianza y la perspectiva (manejo de varios puntos de vista a la vez); y  competencias en torno a la creatividad, conexiones inter-personales y conciencia emocional de otros (capacidad de leer los sentimientos ajenos).

Estilo contextuacionista sustentado en el modelo metarrepresentacional que orienta una intervención más integral, vislumbra la investigación, la planificación, la gestión y la vigilancia epistemológica (reflexión sobre la acción y visión sistémica  en la línea interaccionista). Preferencia por un estilo personal divergente con la mediación de la observación reflexiva y la experiencia concreta, para algunos casos y de asimilación con preferencias por la observación reflexiva y la conceptualización abstracta, para otros. La prevalencia Keirseyana (1999), para este estilo, se ubica en los administradores o “guardianes” con dos rasgos centrales: preferencia perceptual que llevan a la orientación de experiencias prácticas inmediatas y a la orientación hacia el mundo exterior dirigiendo la atención a la racionalización de las acciones mediante el juicio crítico.

La mayor fortaleza de los cuatro factores que integrar el perfil, como ya se enunciaron, se encuentra en el -juicio crítico- que correlaciona con la coherencia de los esquemas de acción y la mayor debilidad se encuentra en la preferencia perceptual que correlaciona, en unos casos, con vulnerabilidad del sistema emocional y en otro con el sistema atencional–perceptual. La diferencia, como estilo, radica en la tendencia a la extroversión como interés particular en cada caso pero con bajos niveles de desarrollo. Muestran según Keirsey (1999), predilección por carreras técnicas frente a su necesidad de normatización de la acción. Quizá sus roles predilectos en torno al monitoreo y la gestión orienta acciones administrativas más que de procesos prácticos que correlacionarían con habilidades heurísticas.

Estos casos, teóricamente, tenderían a orientarse más por un perfil profesional de técnico-social. Pero, a diferencia de los estilos anteriores, muestra mayor desarrollo de competencias cognitivas aunque en todos se denota más la orientación a la racionalización de la acción (por justificación o por compensación) que al reconocimiento de los procesos de subjetivación de las interacciones. La diferencia sobresaliente en este estilo contextuacionista se muestra, en la capacidad de planificación de la conducta como función ejecutiva no-vulnerada como sí lo presenta el estilo técnico, por un lado, y con señales evidentes, en algunas funciones cognitivas, en el estilo, situacionista, por el otro. Otro rasgo característico es la -preferencia asimilativa- que combina actividades de aprehendizaje referidas a la observación reflexiva con la conceptualización abstracta. Su interés se orienta más a la teorización de la acción que a la acción misma desde su fundamentación lógica. En la perspectiva de Kolb (1976), este estilo muestra inclinaciones por las ciencias básicas con orientación a la investigación y a la planificación; capacidad para proponer, establecer relaciones interpersonales, realizar operaciones de análisis y síntesis; y respuesta adaptativa optima mediante el descentramiento cognitivo.

Para Cooper (2000), en una escala de 1 (cautela) a 4 (óptimo) este estilo muestra un CE (coeficiente emocional) promedio de 2.6; perfil, en general, que muestra fortalezas en factores como: conciencia emocional de otros, creatividad, flexibilidad emocional, actitud intencional (proyección de acciones), conexiones interpersonales, descontento constructivo (actitud crítica), compasión, perspectiva, voluntad e integridad. Se evidencia como puntos débiles: conciencia de sí mismo, expresión de emociones, confianza y factores críticos (bajamente desarrollados) como: manejo de ambientes cotidianos que a pesar de la capacidad adaptativa inciden en la calidad de vida (la salud general), las relaciones interpersonales y el rendimiento; patrón que correlaciona con la necesidad de ambientes seguros, rutinarios, normalizados, como preferencia de personalidad.

En síntesis y análogamente cabe aclarar, cómo los modelos mentales difieren del estilo, pero se implican dialécticamente; esto es, cómo el estilo posibilita el desarrollo y construcción de modelos mentales y cómo estos posibilitan la presencia del estilo. El estilo permite inferir el potencial del modelo mental, pero el modelo mental determina la presencia del estilo. Se observa una diferencia significativa entre los estilos que muestran los estudiantes (en su segundo período académico de formación), como potencialidad (intencionalidad) y los estilos puestos en escena por los profesionales en ejercicio laboral como, porcentualmente, se observa en la tabla siguiente.

           
 

POTENCIAL

ESTILOS PROFESIONAL

Profesionales

 

  1. Operativo 18%
  2. Situacionista 70%
  3. Contextuacionista 12%

 

 
   

POTENCIAL

 ESTILO PROFESIONAL

Estudiantes que inician estudios

 

  1. Operativo 15%
  2. Situacionista 6%
  3. Contextuacionista 79%
 
 
 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Reflexión de salida

En general, el panorama, es crítico para la praxis del Trabajador Social,  al evidenciarse una tendencia a operar, en la cotidianidad profesional, con marcos paradigmáticos en transición, modelos mentales mixtos y estilos profesionales operativos-situacionistas. Tendencia a oscilar entre una racionalidad instrumental donde se entrelazan paradigmas asistencialista y desarrollista (psicodinámico y psicosocial) y una racionalidad crítica que abre el horizonte a un paradigma alterno (dialéctico, interaccionista, de-constructivo, reflexivo de corte sistémico, ecosistemico y complejo) para Trabajo Social como construcción social con el peligro de un alto margen de contradicción conceptual y operativa, o prevalencia de pensamiento sincrético.

Esta tendencia, frente a una mirada desde los fundamentos de las ciencias sociales, evidencia rasgos del proceso de cambio de paradigma en la propuesta de Barker (1995):

  • Coexistencia de elementos comunes a diferentes paradigmas como fenómeno de la yuxtaposición (transición de paradigmas).
  • Coexistencia paralela  de elementos contradictorios. Conciencia del nuevo paradigma pero ausencia de aplicación de sus postulados (conciencia de la norma pero no cumplimiento de la regla).
  • Resistencia al cambio o parálisis paradigmática.
  • Presencia de lideres de las nuevas propuestas y formación de minorías adeptas, como pioneros.

En perspectiva, la situación local se proyecta dentro del panorama Latinoamericano en circunstancias similares. Al respecto, Mejía (1998), delimita tres competencias para la acción profesional como reto al Trabajo Social del siglo XXI: la formación científica, la capacidad metodológica y técnica y la creatividad, innovación y ensoñación. De igual forma Tello (1996, p.18), refiriéndose al panorama Mexicano en un milenio de rupturas con dos graves situaciones mundiales: el colapso ecológico y la desintegración social, afirma: "La historia del Trabajo Social muestra que son múltiples los mitos a derribar frente a su propia identidad; Trabajo Social no es, una labor asistencial, filantrópica, […] no es, aunque algunos anhelen que lo sea, un semillero de reformadores sociales, y/o líderes revolucionarios […], no es, aunque muchos sectores sociales así lo crean, una profesión de segunda, destinada a fungir como auxiliar de profesiones de primera […]. Es la única profesión que tiene como objeto de trabajo las necesidades y problemas sociales, que está orientada a intervenir en ellos de manera profesional, integrando en los modelos de intervención los saberes, tanto de otras disciplinas, como de las ciencias concretas".

Ahora bien, la reflexión sobre dos supuestos de prospección al quehacer profesional, con el reconocimiento del Trabajador Social como el principal instrumento de su praxis, en una prospectiva gris frente a sus propias posibilidades, dados modelos mentales, representaciones, paradigmas y estilos profesionales, puede dar cierre transitorio  a este artículo:

  • La necesidad de hacer una lectura epistemológica, primero, sobre las formas como la profesión viene enfrentado los retos de una sociedad en cambio y, segundo, sobre las estrategias para dirimir el conflicto (personal, social, político), en una cultura de la violencia, frente a la pregunta por el soporte científico del Trabajo Social (acción social involucrada con diferentes actores, contextos y escenarios). Pregunta consecuente con el tercer interrogante que sobre "las tecnologías del yo" plantea Foucault (1996): ¿cuáles son las relaciones entre verdad, poder e individuo? O, relación conocimiento, poder, Trabajo Social, como ejercicio de adaptación para esta reflexión. Las formas como se evidencia el vínculo con el conocimiento, expresan formas de poder[5], como juego mediado entre el objeto de conocimiento y acción y la visión ideológica que lo orienta desde la relación sujeto-objeto, según determinados modelos de representación mental.
  • La centración del objeto de Trabajo Social asumido como las interacciones sociales, y entendidas éstas como: "Un actuar sobre el otro, dentro de una situación social (o, acción social que es) en la medida, en que, en virtud del significado subjetivo que se le adjudica, por parte del individuo actuante, toma en cuenta las condiciones de los otros y se orienta por ella, en su curso” (Schutz, 1993, p.174). Aquí se reconoce, como valores: la intención-motivo, la interpretación y el significado que dicen dependen de: las representaciones, los modelos mentales y los paradigmas. Al lado de ello el impacto en el contexto del desarrollo humano y socio-ambiental, como eje que dinamiza la estructura del campo profesional, donde el Trabajador Social, como uno de los actores  implicados, se enfrenta a las otras dos preguntas de Foucault (1996) formuladas al hombre contemporáneo en un "the self, le, soi (ese, uno mismo)": ¿cuáles son las relaciones que tenemos con la verdad a través del conocimiento científico, con esos juegos de verdad que son tan importantes en la civilización y en los cuales somos a la vez sujeto y objeto? ¿cuáles son  las relaciones que entablamos con los demás a través de esas extrañas estrategias y relaciones de poder?

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NOTAS

[1] El modelo mental se aborda como el conjunto de representaciones que configuran, como estructura, el mapa del territorio y se articulan al sistema cognitivo-emocional del sujeto, delimitándose por: operaciones intelectuales, instrumentos de conocimiento y creodas o heurísticas. Las representaciones son los instrumentos de conocimiento o imágenes construidas sobre una situación particular con base en la experiencia-vivencia. Los paradigmas son el sistema estructurado de conceptos, creencias y valores o el sistema teórico (formal o no-formal) que sitúa las representaciones; es algo así como los hilos (carreteras, vías o caminos) conectores del territorio; son las normas, reglas y principios de la acción, con una gran carga cultural. En síntesis los tres conceptos configuran el sistema socio-cognitivo para la interacción humana.

[2] En las dos primeras décadas del siglo XX, con Mary Richmond (1917, 1962), se sientan las bases para el Trabajo Social científico (en ese entonces servicio social) con la creación de la escuela de "Diagnóstico social" que recibió  influencias incipientes de la teoría de sistemas, del pragmatismo, del interaccionismo simbólico y de las corrientes Psicoanalíticas. No se logra la coherencia lógica de la acción, después de su muerte, frente a la impostura positivista para la profesión que ponen en contraposición modelos teóricos, modelos de pensamiento y modelos de acción. No obstante los aportes han sido significativos desde: la traspolación del método de la medicina, hoy método genérico de intervención, para cualquier  praxis social, el trabajo con individuos y familias, la concepción sistémica y la intervención terapéutica, entre otros.

[3] Aquí, Tofller (1997), sintetiza los cambios de la humanidad en tres grandes revoluciones culturales: la primera ola (el surgimiento de las sociedades civilizadas con el descubrimiento de la agricultura), la segunda ola con la revolución industrial (invención de la máquina de vapor) y la tercera ola o sociedad del conocimiento (los sistemas informáticos a partir de la década del cincuenta, impulsada desde los años treinta con la teoría de sistemas con Bertalanffy [1994] en los desarrollos de la cibernética de primer orden).

[4] Hace referencia Kant (1961) a la condición de voluntad debilitada para emanciparse y ser autónoma. La asume como una incapacidad para “valerse por sí mismo”. Sentimiento que lleva a que un numero significativo de sujetos, se sujeten a otros y vivan cómodamente bajo su tutela. “Es tan cómodo no estar emancipado”.

[5] Se aborda en esta reflexión, el concepto de poder como la intencionalidad del Trabajador Social para pensar la acción y hacerla plausible en el hacer reflexivo implícito o explícito, como sujeto de reflexión que abre o cierra el círculo dialéctico: teoría-método-práctica.  O, sujeto de intención, o sujeto epistémico que aprehende el poder, como mecanismo de proyección, sublimación, intelectualización o racionalización de la acción a través del lenguaje. Desde otras posturas, estas relaciones, como triptas de construcción de proyectos de vida, se evidencian en autores como: Habermas (1989) frente a la relación: lenguaje, poder y trabajo, y, en Bruner (1998) como la relación: lenguaje, pensamiento y realidad.

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17/09/2013 16:42 Aura Victoria Duque Enlace permanente. Trabajo Social No hay comentarios. Comentar.

METODOLOGIAS ALTERNATIVAS REFLEXIONES PARA LA CONSTRUCCION DE SU MATRIZ EPISTÉMICA

METODOLOGIAS ALTERNATIVAS

REFLEXIONES PARA LA CONSTRUCCION DE SU MATRIZ EPISTÉMICA

Aura Victoria Duque[1]

 

Es de reconocer que la plataforma teórica que sustenta la estructura del campo profesional para el Trabajo Social, muy particularmente para el medio cercano, revisada desde la investigación de campo, las prácticas profesionales, la experiencia de aula, el currículo, y los documentos que circulan como apoyo (informes, proyectos, evaluaciones, libros de texto, libros académicos, libros de reflexión, libros sobre experiencias, revistas, memorias de eventos, etc.), deja ver la necesidad de poner en concierto, desde una lectura hermenéutica, las conceptualizaciones en torno no sólo a las concepciones metodológicas sino a los métodos de intervención o actuación profesional, dado que los análisis que se muestran tienden en alto grado a ser: o incompletos, o ausentes, o no fundamentados, o tergiversados en sus fuentes primarias o de base, o sesgados.

Las reflexiones sobre el método, que desde un ejercicio escritural se dejan ver en el campo del Trabajo Social, conducen a leer, entre líneas, una profesión con un alto reconocimiento (identidad), una intervención con limitaciones en su diseño metodológico y en su operacionalización, y una práctica instrumentalizada (especificidad). Evidencia de ello, es la no conciliación del círculo dialéctico de la praxis profesional: teoría-reflexión-método-práctica (conocimiento-acción), en tanto valor agregado del período de la re-conceptualización (mediados de la década del sesenta e inicios del setenta); y valor no agregado de los períodos de la post-re-conceptualización (década del ochenta); y hoy, lo que podríamos definir, para algunos, la neo-re-conceptualización con el movimiento en Latinoamérica del Trabajo Social crítico, en los últimos cinco años, frente a la búsqueda de alternativas metodológicas para una intervención social macro-micro y de impacto político ante el fuerte cuestionamiento a la ineficiencia de los métodos clásicos del Trabajo Social, por un lado, y de las derivadas reflexiones sobre el sentido de la profesión y sus relaciones con la política social en orden a intenciones, roles, problemas, estrategias de acción y campos de actuación, dado el marcado activismo en el quehacer, por el otro lado.

Lo anterior permite precisar, a manera de síntesis, que:

1. Las búsquedas no han estructurado propuestas metodológicas significativas para la práctica profesional en el ámbito no clínico[2], y las construidas por tradición, hoy, se han desvirtuado (si las han estructurado no se han sistematizado o teorizado para diseminarlas).

2.  Se ha reificado el valor de los métodos, centrándolo en la técnica o directamente en actividades. Se sigue, aún, considerando caso, grupo y comunidad como métodos[3] (se tiende a dar el paso de la fundamentación del método o metodología a la actividad, saltándose la reflexión sobre el método).

3. La escisión entre los discursos teóricos y los discursos de la práctica, primero, es producto-productora de una intervención técnica en ausencia de vigilancia epistemológica[4]; y segundo, emerge del desconocimiento de la reflexión pedagógica en el ámbito de la educación social, no formal, frente a los aprehendizajes que se pretenden apropiar (se asume el rol profesional en su principal eje, el educativo, bajo el marco de la educación formal, desconociéndose el objeto pedagógico, que como instancia no formal, cambia).

4. La fragmentación de la praxis del Trabajador Social, como ruptura epistemológica, pone a la profesión en un hito histórico frente al reto de dejar de ser, en la práctica, instrumentalista (racionalidad técnica) y superarse para recuperar la mirada pedagógica en el marco de las Ciencias Sociales y del Comportamiento Humano, frente al proyecto de profesión, para su impacto social desde una racionalidad práctica.

Es de resaltar que la década del noventa se muestra para el Trabajo Social como un período muerto frente a las reflexiones sobre el método, que en el siglo XIX, ante el auge de la caridad social emerge como método filantrópico. En extracto, cuatro momentos históricos para la profesión: cientificidad, re-conceptualización, post-conceptualización o renovación, y alternativismo (movimiento crítico, otros, como neo-re-conceptualización), se configuran en el marco de lectura para comprender el ostracismo al que se ha condenado la intervención profesional, en vista de su carácter técnico y su consecuente necesidad de desoterramiento; ello, como evidencia frente al vacío no sólo epistemológico-pedagógico sino metodológico. Estos cuatro momentos, en aproximadamente cien años de presencia de la profesión en América, muestran como focos comunes el problema del quehacer profesional frente a lo instituido como deber ser (lo teleológico, lo axiológico o ¿el qué y el para qué?), y el problema de la acción social frente a su proceder (lo metodológico o ¿el cómo?). Duque (2004-2005) sostiene que el método, es co-dependiente de la misma lógica de pensamiento del Trabajador Social (estructuras cognitivas y modelos mentales, sistema de representación de sus praxis y sistema generativo o de auto-regulación), y que el hacerlo viable y en consecuencia dar salidas profesionales no operativas, sigue siendo el caballo de batalla, en cada momento emergente que intenta re-significar las prácticas profesionales hiper-empíricas.  

Hoy, se piensa la profesión frente a los desafíos contemporáneos que incluyan la construcción de democracia, convivencia y ciudadanía mediante el empoderamiento de los actores sociales en el marco de los derechos humanos para y a través del desarrollo humano en el contexto social y ecológico o el desarrollo social en el contexto de lo humano-ambiental. Se busca apuntarle a una sociedad justa y equitativa en, desde, y para el ejercicio de los derechos fundamentales. Se piensa, como ya lo hacía Richmond (1962), en la investigación como herramienta de la intervención y en la respuesta política como salida a la crisis social; pero, no se piensa en el método, sea desde la misma investigación como tal, o desde su constitución como herramienta formativa o instrumento para el cambio. Aquí, Kisnerman (2006), en el primer congreso Latinoamericano de Trabajo Social Crítico, hacía, implícitamente, un llamado a la generación de estrategias metodológicas para el cambio, cuando afirmaba: “Desde el Trabajo Social lo que podemos cambiar son esos patrones de interacción social de la vida cotidiana en colectividades humanas. Ellas son las que cambian, las que producen, construyen otras relaciones sociales, otras formas de pensar  sus realidades y reivindicar sus derechos ciudadanos”.

Cuando ya por más de cuarenta años se ha agotado la discusión frente al quehacer profesional, con pocas experiencias sistematizadas (al menos diseminadas), que den cuenta de su proceder no sólo pedagógico (método) y operativo, se hace evidente abordar las prácticas sociales desde las variantes, no del logro, no de los actores, y no del rol, sino del método que se implica en el proceso metodológico. Es ésta, quizás, una de las salidas a la instrumentalización de la praxis profesional, cuando el marco epistemológico-paradigmático ya es claro, como postura pluralista que cuestiona el monismo metodológico frente a la aparición de nuevos actores y escenarios de intervención y a las demandas laborales construidas sobre la política estatal, que re-configuran la acción social, con una marcada intención de apuntarle al Desarrollo Humano, valga la tautología, como humanización. Aquí, el surgimiento de nuevas áreas de intervención o campos del quehacer-conocer, demandan la visibilización de nuevos métodos profesionales, consecuentes con la apertura ética, ideológica, científica, política y cultural, para garantizar la potenciación, el cambio y la sostenibilidad ecológica.

Ahora bien, a pesar de esos casi cuarenta años de intencionar el cambio al interior de la profesión, se sigue mostrándose el mismo panorama: la instrumentalización. Se deja sentir como debilidad una Metodología fragmentadora, en el marco de una racionalidad técnica. En su investigación, Duque (2004), señala al respecto, la prevalencia de puntos críticos como: una praxis sincrética e hibridada con ausencia de método reflexivo, la ausencia de discusión pedagógica y un acentuado activismo en el marco de una racionalidad administradora de servicios.

Eventos regionales, nacionales e internacionales en Trabajo Social y desarrollos en temas específicos (1986-2005) reportan postulados-retos, tales como:

1. La necesidad de conocer y acceder a nuevas metodologías que propicien una intervención flexible, eficaz y de impacto (metodologías con enfoque multi, inter y trans-disciplinario).

2. El compromiso con la investigación y la sistematización, con énfasis en la segunda, como posibilitadora de saberes prácticos, para afianzarse dentro de las Ciencias Sociales y del Comportamiento Humano.

3. La apertura de espacios de reflexión crítica, al interior de las comunidades académicas y laborales.

4. La actualización permanente del Trabajador Social para la implementación de procesos metodológicos alternativos y re-constructivos.

5. La función social del Trabajo Social, en el contexto de la política y su compromiso frente al cambio y constitución del sujeto político.

Los retos contemporáneos para el Trabajo Social, frente al diseño de metodologías alternativas, están claros, lo que hay que definir no son sus conceptos, ni sus herramientas, sino sus métodos en coherencia a su metodología como trasfondo[5]. Para ello, el vacío ético-epistemológico, en una plataforma ideológica, objeto hoy de discusión sería encuadre de base para trascender el pensamiento fragmentario y reduccionista, y mantener la tensión necesaria entre teoría y práctica, ya no a través de un sólo ejercicio de reflexión, como lo proponía el método dialéctico, sino a través del método comprensivo y la reflexión sobre el método en sí mismo (meta-cognición), base de la autopoiesis humana. Para ello se entraña la necesidad de hacer una re-lectura a la práctica profesional, desde su dimensión metódica (¿cómo?), para enfrentar los nuevos retos de una sociedad enfrentada al conflicto cotidiano (personal, social, cultural, político), que, en una cultura de la violencia, hace inminente la pregunta por el soporte metodológico del Trabajo Social, desde una acción social que involucra a diferentes actores, contextos y escenarios.

A manera de hipótesis, el problema se perfila en  la dinámica  de  una  escisión entre el discurso  teórico  y  la  acción práctica;  de  un   profesional enfrentado    a     una     realidad determinada      por      variables externas (la política, el  contexto de la globalización,  la  sociedad del  conocimiento, las realidades particulares, la tecnologización, la inter-comunicación, la aldea glolocal, etc.),  y variables  internas  (lo psicológico, lo ético-político lo cosmovisionario y lo social), que lo ponen en el juego de una dialéctica de la intervención, como mediador del círculo teoría-método-práctica. Dicha división se concilia en la figura del método, no únicamente como procedimientos, sino como operaciones lógicas y saberes en dialogo. En este sentido, es pertinente el comentario de Lima (1976), sobre el interés que le ha ocupado al Trabajo Social; interés centrado más en lo operacional que en lo teórico, apropiando ciegamente un cuerpo técnico, más que teórico, para mirar siempre el problema de las estrategias sin transformarlas.

Aquí las contra-preguntas, de salida, que conducen a un permanente ejercicio de indagación, se abren a cuestionarse por: ¿Son los métodos, las alternativas, las estrategias o metodologías las inoperantes?  ¿Son los modelos teóricos que iluminan la intervención desde los marcos aún restringidos de los profesionales[6], los que esperan por la crisis del paradigma social y no propician la crisis del paradigma cognoscitivo o paradigma epistémico? La respuesta hipotética para algunos, certera para otros, quizá, desde la investigación en el medio por parte de la autora y de las mismas críticas hechas a la profesión por los Trabajadores Sociales reflexivos, es que: se torna en un problema ético-ideológico o de toma de conciencia que soterra el imaginario del profesional, en particular, y como reflejo, el de la profesión.

Para garantizar el estatuto de cientificidad en la aplicación de un modelo, sobre el que es válido y necesario leer un método, y en tanto una concepción metodológica, se debe garantizar una reflexión sobre éste, en el ámbito de la intervención pedagógica como su estrategia mediadora. Así, las escuelas de pensamiento que soportan la intervención profesional se linean en el eje de estrategias (lo que se propone, lo que se innova a partir del particular) a partir de un tetraedro para pensar el problema metodológico: Paradigma, modelo, enfoque, alternativa[7]. Sus desarrollos se observan desde las matrices pre-clásicas (método filantrópico), clásicas (método diagnostico, método psicosocial, método de provisión social, etc.), de transición (método dialéctico, método único o psicosocial, método integrado o polivalente, método genérico o básico), y contemporáneas (métodos integrados, hermenéuticos, fenomenológicos, críticos, autopoiésicos…). Métodos que se ubican en: Paradigma humanista con orientación fenomenológica, pragmatista, cognitiva (Richmond); Paradigma psicodinámico, tanto con tendencia psicoanalítica, conductista, y/o  funcionalista, entre el siglo XIX y la década del 40 (Hamilton, Hollis, Perlman, Germain, etc.); Paradigma sistémico para las décadas del 50 y 60, hoy (Goldstein, Pincus y Minahan, etc.); Paradigma crítico o construccionista, como acción transformadora, educación liberadora (modelo de intervención en la realidad, etc.)[8]; y Paradigma complejo o constructivista (para algunos eco-sistémicos) desde la década del 70 (eclosión e hibridación metodológica).

Ahora bien, la discursividad argumentativa, sustenta para el Trabajo Social, el ideal Kantiano de la ilustración: “La liberación del hombre de su culpable incapacidad”. Un meta-ideal que debe ser abordado para la profesión, en torno al problema de la trans-disciplinariedad (abordaje de un problema mediante el cruce de diferentes perspectivas disciplinares, por un mismo autor o una comunidad académica, independiente de la formación disciplinar básica) que trasciende la compartimentalización en disciplinas o “barbarie al interior de las ciencias” (Morin: 1984) y posibilita la multi-dimensionalidad, o visión integral. A manera de ilustración, en la tabla siguiente se hace una síntesis de los principales supuestos que orientarían la estructuración de un modelo de la práctica, dado un  paradigma que la soporta, para definir su método.

 

LECTURA EPISTEMOLÓGICA A LOS MODELOS DE INTERVENCIÓN

PARADIGMA HUMANISTA

PARADIGMA PSICODINÁMICO

PARADIGMA SISTÉMICO

PARADIGMA ECO-SISTÉMICO

Causalidad implicativa o recíproca.

Causalidad lineal

Causalidad circular o multi-causalidad

Redes de interacción

La situación problémica como producto de relaciones inter-personales conflictivas.

El conflicto como expresión de un desequilibrio intra-psíquico o intra-personal.

El conflicto como expresión de un desequilibrio  extra-psíquico o interpersonal.

El desequilibrio como expresión de la eco-organización del sistema en su relación intra, inter-personal y extra-sistémica.

Valor al presente en su secuencia histórica.

Valor al pasado

Valor al presente

Valor al pasado, presente y futuro

Método deductivo-inductivo, con enfoque hermenéutico.

Método inductivo con enfoque, psicoanalítico.

Método inductivo fenomenológico

Pluralidad de métodos.

El individuo como persona en situación con otros, que se auto-realiza, mediante su auto-determinación.

El  individuo como causa y efecto de su disfuncionalidad.

El sistema como causa y efecto de las dinámicas de disfuncionalidad. El individuo como un elemento del sistema.

El individuo como un sistema independiente que interactúa con otros sistemas y fuente auto-eco-organizadora.

El individuo como un sistema en relación.

El sistema como unidad cerrada.

El sistema como unidad abierta.

El sistema en apertura y cierre de pluralidad de manifestaciones.

La realización de la persona en situación.

 

 

 

 

Pauta: desarrollo de la persona en relación.

La a-sinergia (acumulación de cargas negativas) como fuente del malestar.

 

 

 

Pauta: ajuste social.

La des-información-in-comunicación como fuente del malestar.

 

 

 

Pauta Comunicativa-transactiva.

Los modelos de representación, la sinergia (emoción) y la información (cognición), como fuente de interacción o sinergia cognitiva.

 

Pauta Vida (afrontamiento-auto-regulación).

Objetividad en la relación, reconociendo la subjetividad como punto de partida tanto del Trabajador Social como del cliente.

EMICs.-ETICs.

Objetividad en la relación profesional "cliente".

 

 

ETICs.

Toma de distancia o suspensión momentánea del juicio en la relación profesional cliente.

 

EMICs.

Epifenomenismo Co-construcción de realidades múltiples en las que se implica el Trabajador Social como mediador y actor social, en reciprocidad.

ETICs-EMICs.

Los modelos de intervención cobran vida a través de las metodologías, que les permiten su operacionalización, y a la vez los métodos que conducen a proyectarla a las realidades particulares de la praxis social. "Toda metodología, tiene sus límites y la única regla que sobrevive es el principio de -todo vale-, ya que una disciplina que insiste en poseer un único método correcto y los únicos resultados aceptables, es ideología" (Feyerabend, citado por Kisnerman: 1998). Actualmente, las metodologías para la intervención del Trabajo Social, se expresan abiertamente en un proceso genérico[9], como se registra en diferentes fuentes, pero no se expresan desde la definición y cimentación del método; en palabras de Montaño (2006): son metodologías comunes a cualquier praxis social. Se podría afirmar son inherentes a una intervención por proyectos sociales como política de gestión social que puede ser operacionalizada por cualquier profesional en el área social, como se observa, entre otras, en la siguiente revisión:

1. Metodología para la intervención  de casos según Annamaría Campanini y Francesco Luppi (Italia): análisis de la situación del ambiente social (geográfico, político, ocupacional, poblacional, recursivo, etc.), de la institución, del usuario; evaluación (diagnóstico); el contrato; terminación de la acción.

2. Metodología para la intervención según Maria Dal Pra Ponticelli. (Italia): concreción y reconocimiento del problema tanto individual como social; recopilación de información para un primer análisis de la situación; evaluación de la situación; fijación de los objetivos, formulación del plan, del contrato para su ejecución; realización del plan; verificación de la evolución del proceso de ayuda y de los resultados obtenidos; y conclusión del proceso.

3. Metodología de la intervención según Ezequiel Ander Egg (Colombia/Argentina/España): el estudio, la investigación y el diagnóstico; la programación de actividades; la ejecución de lo programado; y la evaluación de lo realizado.

4. Metodología de intervención según  el construccionismo por Natalio Kiesnerman: de-construir: la investigación como un instrumento para la intervención; de-codificar la realidad o el mundo social desde los imaginarios como formas de representación; construir: construcción de los sujetos y el mundo de la vida a través de los proyectos de vida desde las propias narrativas o historicidad, y la formación de actores sociales; reconstruir: contexto de cambio desde la re-comprensión de otros imaginarios, como posibilidad de romper esquemas. Cómo un colectivo humano cambia su imaginario de mundo para  transformarse. Procesos de empoderamiento y autogestión.

Pero ¿Cómo empoderar, formando a los actores, mediante un ejercicio de mediación pedagógica? Se demanda de un método, llámese didáctica, método educativo o método específico o método particular para el Trabajo Social, articulador de procesos de conocimiento y acción, que no los vuelque en una dicotomía. Requiere situar el método en el contexto de la educación no formal, llámese, educación social, educación popular, educación para la vida, educación para la convivencia y el manejo del conflicto, educación en valores, educación de multiplicadores, etc.  En fin, como señala Barreix (1997), todo proceso que incluya motivación, comunicación y aprendizaje, en tanto ejes del accionar del Trabajo Social. En otras palabras, pensar que toda acción transformadora, a cualquier nivel, en cualquier contexto, con cualquier actor social, implica el aprehendizaje humano, y a la vez éste se constituye desde la motivación y la comunicación como praxis cotidiana, en el marco de una acción racional y no instrumental, reiteremos.

El eje metodológico en la formación en el Trabajo Social para la gestación de las prácticas profesionales, ha sido un hito fundacional frente a la posibilidad de construir identidad, en tanto la producción de un cuerpo teórico propio en el ámbito de lo no clínico, como tema que aquí interesa tratar. Referentes de tradición, como fundamentos generales para la profesión, se encuentran en una alta circulación de producciones en torno al Trabajo Social de caso, grupo y comunidad, algunas publicaciones en Trabajo Social crítico, producto del período de la re-conceptualización y casi ninguna sobre Trabajo Social contemporáneo, desde otras vertientes emergentes. Desde los análisis del Conets (Consejo nacional para la educación en Trabajo Social: 2004), se resalta la necesidad de formación específica en “Métodos de intervención profesional” y en “Fundamentación metodológica”[10]. Formación que hoy, a partir de la experiencia directa de aula, se ve afectada por la presencia de obstáculos epistemológicos para la comprensión de la metodología, y por consiguiente del método, en el marco de la complejidad. Al respecto, señala Barreix (1997) que se presentan cinco mitos que contribuyen a ello:

1. El etiquetamiento,  aplicación de estrategias en forma reiterada sin importar el contexto.

2. El empirismo metodológico o discurso práctico, por el sentido común, sin argumentación teórica para una práctica retórica.

3. Los repertorios estereotipados, que son producto-productores del lenguaje profesional, para colocarle límites a la intervención.

4. La actitud practicista, que vuelve contradictoria y dicotómica la relación teoría-práctica.

5. La superficialidad de la práctica profesional, que se centra en los efectos, con la prevalencia de un realismo fortuito (todo está dado mediante un orden externo) o pensamiento causalista.

Desde esta perspectiva, resolver la dicotomía teoría-práctica, en la mediación del método, conduce a hacer reflexiones en doble vía. Una, dirigida  al sujeto discursivo (Trabajador Social) frente a sus representaciones en torno a la práctica profesional y hacedores del método de intervención, quienes como principal instrumento de la profesión, muestran debilidades cognitivas para estructurar un pensamiento integrador[11], a lo que se suma la postura ético-política, cuando Montaño (2006) en ponencia presentada al Primer congreso Latinoamericano en Trabajo Social Crítico, invita a dar una mirada a la intervención social para trascender las manifestaciones de la cuestión social (trabajar sobre los efectos de la pobreza) y no atender los fundamentos (rol en perspectiva funcionalista que reproduce el sistema y atiende lo urgente).

Otra vía para resolver la dicotomía teoría-práctica, desde el método, sería la de sumir los recursos didácticos que faciliten la re-construcción de éste, en el proceso de formación, objeto de análisis. Lo anterior se sustenta con una lectura a la concepción metodológica de los proyectos de práctica institucional del Programa de Trabajo Social de la Universidad de Caldas, desarrollados en el período 2002-2007, realizada para este ejercicio, donde se observa:

1. Indiscriminación teórica en torno a los modelos de conocimiento y modelos de acción.

2. Dificultades para insertar el modelo al proceso formativo en la praxis social.

3. Tendencia a indiferenciar el proceso (metodología por proyectos) y el método de intervención en procesos formativos (método educativo).

4. Ausencia de planificación del proceso educativo,  donde se evidencie el tipo de aprendizaje a generar, con una tendencia a diseñar los talleres desde temáticas en el marco de la educación formal tradicional (informacionismo).

5. Eclecticismo paradigmático, que no logra la diferenciación clara entre teorías, modelos, enfoques, estrategias, alternativas, dentro del proceso metodológico, por una parte, y la dificultad para operacionalizar el método, en los pocos casos en que se insinúa, por la otra (ausencia de una matriz epistemológica científica).

En otras palabras, el problema además de perfilarse como un asunto cognitivo, se centra en mecanismos del proceso de enseñanza-aprendizaje en torno al método, para la apropiación de las prácticas; primero, desde la eclosión y eclecticismo operativo de metodologías y la poca presencia y uso del método educativo en la intervención; y segundo , desde la ausencia de un texto que en forma crítica sintetice, recoja y analice las posibilidades al respecto, a partir de la propia tradición teórica del Trabajo Social en el marco de las Ciencias Sociales y del Comportamiento Humano, como soporte. Es así como la necesidad de diseminar el conocimiento producto de la investigación y la experiencia[12], demanda de bibliografía con pertinencia científica.

Pocas veces se encuentra en los textos publicados en el Trabajo Social, conceptualizaciones en torno a su objeto de conocimiento y acción con una perspectiva no dicotómica, que recopile el horizonte del quehacer profesional desde referentes teóricos de base, orientados a dilucidar el quehacer en la dinámica de la complejidad, para tejer saberes discursivos, que en torno a los métodos educativos de intervención, apropie los desarrollos contemporáneos de las Ciencias; todo ello en aras de delimitar sus prácticas sociales y asumirlas desde metodologías coherentes con sus pretensiones de cambio, en las que necesariamente se enfrentan procesos de aprehendizaje humano.

No basta con definir el objeto como “Las interacciones sociales y los procesos sociales” (¿por qué?) en el ámbito de la adaptación recíproca y el bienestar en individuos, grupos, familias, organizaciones y comunidades, sino que se requiere el pensar dicho objeto en torno al diseño y operacionalización metodológica desde la heurística del método (¿cómo?), en el contexto de la misma intencionalidad epistemológica, ontológica y pedagógica de la intervención, quizá dirigida a la constitución del sujeto y a la construcción de democracia, convivencia y ciudadanía (¿para qué?). Asunto que se delinea, desde teorías de la acción, para apuntarle a un marco integracionista y no fragmentador y no especializado (áreas), y situar el ejercicio profesional en posición de dar una respuesta coherente con su formación de carrera (no una técnica, ni una tecnología) adscrita a las Ciencias Sociales aplicadas, desde algo que permite vislumbrar su identidad (en lo que se diferencia de carreras afines), como es el asunto metodológico (con tradición histórica), hoy en un limbo.

En este marco de definición, por citar un referente teórico, Foucault (1996) señala cuatro formas que el sujeto utiliza para entenderse a sí mismo, a la vez formas de regulación social mediadas por la cultura, que primero, están articuladas  a los diferentes campos de la ciencia en general; y segundo, generan técnicas particulares frente al conocimiento social como base de las sinergias cognitivas de las interacciones sociales. Dichas formas de adaptación humana o dispositivos  reguladores, configuran cuatro modos de objetivación del mundo o realidades factibles que “…transforman a los seres humanos en sujetos” (Foucault: 1996, 38). Señala el autor (Ibíd., 72), que cuidarse a sí mismo es administrar la vida, o como diría Sen (2000) es agenciarla, o para Maturana (1997) generar autopoiesis, o en Morin (1984) organizar el sistema generativo, o según Duque (2009) potencializar el sistema de aprehendibilidad; en síntesis, dichos fines son para Foucault (1996), siguiendo a Séneca:

1. Recobrar la verdad olvidada.

2. Mencionar las reglas de conducta o cumplir con lo pactado.

3. Recordar los errores del día.

4. Jugar como sujeto un papel de intersección entre lo que ha de ser regulado y las reglas para ello. Dicho de otra forma, poner en juego una acción racional-comunicativa que dirime al sujeto político de Habermas (1997). Vemos aquí, un bosquejo de método para el desarrollo humano.

Las formas de acción propuestas por Foucault (1996), las cuales denomina tecnologías, tienen que ver con las producciones materiales, la comunicación, el manejo del poder y las realizaciones del yo. Medios que transversalizan  las interacciones sociales (objeto de conocimiento y acción del Trabajo Social) y tienen que ver con la recuperación del sujeto y su papel en la construcción de realidades según modos de insertarse en ellas. Es una vuelta a pensar en el sujeto como actor social, protagónico del fenómeno social, es re-pensar el desarrollo humano de -adentro hacia fuera- en procesos de interacción comunicativa en los diferentes escenarios sociales donde la mirada de –afuera hacia adentro- se revierte por sí misma; es, desde la mediación cultural,  trascender las primeras perspectivas sistémicas y adentrarse en posturas del pensamiento complejo o constructivismo biológico y social; es pensar la interacción hombre-entorno como permanente acoplamiento estructural, en tanto sus posibilidades de acción en sus contextos cotidianos de con-vivencia, donde el conflicto emerge ya como un posibilitador del cambio.

Ahora bien, el problema para el Trabajo Social, se hace evidente en la necesidad de fortalecer su plataforma metodológica para trascender, en la práctica, su mirada instrumentalista o práctica apoyada en el “Sentido común ilustrado” según la Trabajadora Social mexicana, Susana García Salord (1999). Perspectiva, que en últimas, deja ver, a pesar de una tradición teórica fuerte de la profesión (saber explicativo), ausencia de comunidades académicas en el ámbito local y regional que lideren este asunto. Las pocas experiencias innovadoras, son aisladas y no circulan en la literatura de apoyo a la formación profesional. Otras, que se importan desde medios latinoamericanos e internacionales son sesgadas, incompletas, tergiversadas y no abordan a profundidad el asunto del método educativo en sus reflexiones metodológicas[13].

Esta síntesis se pretende, como un esbozo, contribuir a las reflexiones crítico-reconstructiva para la re-comprensión de los métodos para la intervención en el Trabajo Social en procesos de educación social o Trabajo Social no clínico, no sólo en el fundamento de los modelos metodológicos que lo soportan, sino dentro de los roles de campo o acción formativa de los actores sociales. Puede ayudar a dilucidar el asunto de las metodologías integradas, desde el método como herramienta de su operacionalización, y aclarar el sentido de los métodos clásicos, mal llamados: caso, grupo y comunidad y su valor en las prácticas de hoy. Para ello, se ve la necesidad de llegar a precisiones teóricas y metodológicas[14], dada la polisemia conceptual circulante en la profesión, que permitan derivar una plataforma de base para la discusión, no sólo para la comunidad académica del programa de Trabajo Social, sino del Trabajo Social en otros escenarios; más, cuando desde mediados de la primera década del 2000 renace en Latinoamérica el movimiento de Trabajo Social Crítico, que no obstante, como una de tantas posibilidades, sería un movimiento no de post-reconceptualización, sino, como ya se mencionó, de neo-re-conceptualización que se implica, al parecer, en la discusión ético-política como eje clave de la intervención, donde el asunto ideológico no se deja a un lado. Lo que hay que hacer, sin desconocer la historia, es una lectura al Trabajo Social hoy, desde otros marcos, en aras del pluralismo teórico (Véase Duque: 2010) en cuatro asuntos claves:

1. El reconocimiento y delimitación de las matrices paradigmáticas en Trabajo Social en el espacio de la globalización y la política neo-liberal.

2. La identificación de un cuerpo semántico (lenguajes comunes) que permita el diálogo de saberes entre colegas, dadas las imprecisiones teórico-metodológicas por la prevalencia de esa polisemia conceptual, ya mencionada.

3. La instauración de un permanente ejercicio de vigilancia epistemológica como mecanismo de retro-alimentación que garantice el permanente fluir conceptual en coherencia con la acción y el nuevo orden mundial[15].

4. La reflexión sobre los métodos, no sólo desde su fundamentación (ético-metodológica), que se propone aquí desde la tripta metodológica: método genérico (procesos generales de una praxis: diagnóstico, diseñó de estrategias, ejecución, evaluación y sistematización), método particular (procesos según situaciones particulares de acción) y método educativo (encajado desde los roles educativos en sus diferentes facetas en la fase de ejecución). 

A manera de algunos antecedentes, como lectura a la producción en asunto metodológico para el Trabajo Social, se pueden abordar dos instancias: los resultados directos de la investigación aplicada y la producción de textos y artículos en revistas. En general, se deja ver, una eclosión de modelos de acción que asumen el quehacer o desde lo instrumental o desde la reflexión de los fundamentos metodológicos, más no desde el método que los contiene, en sí. Se tiende a desvirtuar la especificidad profesional por la ausencia de una reflexión crítica sobre la praxis o ejercicio de vigilancia epistemológica. Se observa confusiones frente al soporte metodológico de la intervención, donde el asunto ontológico y pedagógico se pierde.

A pesar de la permanente actitud crítica de las comunidades académicas y del gremio profesional (nacional e internacional) para fomentar un ejercicio de actualización en busca de un Trabajo Social renovado (posterior a la re-conceptualización) o crítico, o alternativo de vanguardia (hoy), al analizar la producción en circulación sobre alternativas compartidas de una praxis profesional a la altura, no sólo de su estatuto ético-político, sino teórico-metodológico, muy particularmente en los últimos cincuenta años, se nota que a pesar del clamor por dar salidas a un Trabajo Social no clínico frente al ¿cómo hacerlo? las propuestas metodológicas no se sostienen conceptualmente, o no existen, o se desvirtúan en la práctica, por una lado, o  no enfatizan el asunto del método particular o educativo (sólo tienden a enunciar una fase: o educativa o de aplicación, o de ejecución), por el otro.

            Desde la producción investigativa, en la última década, se resaltan, para Colombia, dos líneas de trabajo, que vale la pena señalar: La de la Universidad de La Salle (Metodología integrada) y la de la Universidad de Caldas (Metodologías re-generativas o emergentes). Ahora bien, los hallazgos reportados por la producción investigativa en Santa fe de Bogotá: 1995-2000 (Cifuentes y Col.: 2001, 167), dejan ver como contexto de la crisis en la intervención profesional:

1. La carga epistemológica del concepto de intervención en una línea positivista.

2. La ausencia de comunidades académicas, que sitúa a la profesión en una condición de aislamiento.

3. Las inseguridades profesionales en la construcción de saberes.

4. Las rupturas entre las propuestas teóricas con enfoque contemporáneo (teoría sistémica teoría de la complejidad) y su realización, orientándose la intervención por modelos asistencialistas y funcionalistas.

5. Las dificultades para sintetizar, dentro del campo profesional, los saberes circulantes en orden a nuevas propuestas y lenguajes que se van incorporando al quehacer del Trabajo Social.

6. La falta de rigurosidad conceptual, que redunda en confusiones (superficialidad, contradicción, fragmentación, inconsistencia).

En general, se reconoce que la mediación del Trabajador Social como sujeto problematizador, es problemática, y que la debilidad en las bases teóricas,  continúa siendo un asunto a revisar. Al respecto se señala: "…encontramos imprecisiones, debilidades conceptuales, dificultad para identificar métodos y abstraer sus procesos. El esquema genérico… aparece como constante… no es posible reconocer en él sus fuentes y diversidades de orden epistemológico, ontológico y metodológico" (Ibíd., 29).

La investigación sobre “Fundamentación de Metodología integrada en Trabajo Social” (Camelo y Cifuentes: 2006) realizada por la Universidad La Salle (única en el ámbito nacional), como una investigación documental (libros y documentos publicados en Ciencias Sociales y Trabajo Social en el tema de la fundamentación teórica), aunque hace una profunda revisión sobre las teorías que fundamentan la intervención profesional en torno a la metodología integrada, desde diferentes disciplinas y escuelas de pensamiento, no muestra el asunto del método, en torno a su configuración, ni explicita tal metodología, quizá por no ser su objeto de investigación.

No es de desconocer, por un lado, el liderazgo de la facultad de Trabajo Social en esta Universidad, en la reflexión sobre la fundamentación epistemológica, teórica, conceptual y metodológica, desde las teorías contemporáneas críticas para “superar el precario desarrollo técnico-científico de la profesión”, y el reconocimiento de una hibridación en la fundamentación de la práctica profesional (metodologías clásicas y nuevas propuestas con enfoques participativos en red) que ameritan la construcción de otros caminos de acción frente a nuevos problemas emergentes, por el otro lado.

Al parecer las reflexiones en torno al quehacer profesional, dan el salto entre la fundamentación teórica y la operativa (marco procedimental), donde el asunto directo del método, se pierde al estar ausente la reflexión pedagógica como eje del hacer, más que la reflexión epistemológica que lo sería para el conocer, sin negarla. Esta investigación enfatiza, en sus antecedentes, cómo desde el período de la re-conceptualización, donde emerge la búsqueda por una metodología integrada, múltiples han sido los modelos propuestos a este nivel. Citan a Torres, quien afirma que las alternativas metodológicas clásicas en el Trabajo Social mostraron dificultades en su aplicación, con lo que no se está de acuerdo, ya que sí alguna metodología desde el Trabajo Social ha retomado el asunto de método han sido éstas. El problema quizás al que se refiere el autor, es el intento de volver a ellas (caso, grupo y comunidad), después del período de la re-conceptualización a partir de un modelo de método genérico o general, en la búsqueda de una metodología integrada, donde se pierde, como complemento el método especifico o educativo que las orientó. Hay que reconocer, contrario a lo que afirma el autor, que los métodos clásicos se soportan, implícita o explícitamente, en una sólida fundamentación teórica, metodológica y metódica que validaban desde una lectura a las realidades a intervenir, otra época, otros problemas, otras visiones (Véase Torres: 2006).

Resaltan las autoras, para concluir, con lo que se está de acuerdo, que las propuestas metodológicas para el Trabajo Social, emergen desde diferentes ámbitos: la academia y los pensadores (no Trabajadores Sociales), desde otras comunidades académicas. No se encuentran propuestas, producto de la sistematización y la elaboración teórica (publicación) desde el contexto colombiano. No obstante, estas producciones se presentan más como metodologías (fundamentación del método), enfoques, modelos o estrategias que invisibilizan el asunto del método. Como afirman las investigadoras: “…tienen en común la estructura operativa e integran la dimensión de las etapas de estudio, diagnóstico y tratamiento por lo cual, es evidente la tendencia de consolidar la dimensión operativa que hace referencia al desarrollo de una serie de técnicas e instrumentos en relación al objeto de intervención” (Ibíd., 87).

En suma, la investigación de la Universidad de La Salle, aunque ofrece una valiosa plataforma teórica como marco para la intervención en el Trabajo Social, deja ver un vacío frente a la conceptualización del método educativo, y la operacionalización de la metodología a través del método, que debe primero, aclarar la diferencias entre métodos generales y métodos específicos para la intervención en Trabajo Social; y segundo, sistematizar experiencias propias para proponer, mediante un ejercicio teórico sobre la base de una reflexión pedagógica, modelos de métodos específicos en el marco de la discusión contemporánea de un Trabajo Social en el pensamiento complejo. En otras palabras, es asumir la discusión sobre el método como asunto que complementaría dicha investigación, ya fuerte en fundamentación epistemológica, teórica y conceptual frente a los desarrollo de una “Metodología integrada”[16] que pretende dar salidas, en el pensamiento de sus autoras, a la necesidad de dirimir una discusión que es “polisémica y confusa”.

Desde la Universidad de Caldas, en la línea en que se mueve la autora de este trabajo, se viene reflexionando sobre el estatuto teórico para el Trabajo Social, la mediación del Trabajador Social y la formación en la profesión, inicialmente desde el seminario: Fundamentos de Trabajo Social II, y hoy, desde el Seminario: Metodología del Trabajo Social, frente a las mismas dificultades encontradas en las anteriores investigaciones, que resaltan la reducción del método a la técnica, en algunos casos, o la sumatoria de actividades en otros, desde una visión generalizada del método genérico. Cinco investigaciones realizadas, como trabajos de grado, sobre la praxis profesional en los escenarios de familia y desarrollo humano, salud, ecología social, laboral y organizaciones sociales y participación en la ciudad de Manizales (1975-2000), muestran como variantes de fondo: la baja competencia del profesional en orden al perfil profesional y en sus condiciones personales (motivaciones cognoscitivas, competencias, actitudes), la no vigilancia epistemológica, la escisión  teoría-práctica, el desconocimiento y/o confusión sobre el saber normativo para la profesión, la hibridación metodológica y su reducción a acciones técnicas asiladas que fragmentan la intervención, el débil soporte teórico y epistemológico con la contradicción conceptual, la no estructuración lógica de los diferentes componentes de la praxis profesional, y la ausencia (reconocimiento) de un método particular de acción educativa, que al proponerla, se debería explicitar.

Estos serían argumentos suficientes para develar el trasfondo invisible de una práctica social ‘no profesionalizante’ en el Trabajo Social. Una práctica que no ha definido los límites de su intervención, desde el estatuto de cientificidad que se le demanda como profesión (saber práctico[17], fundamentado teórica y metodológica). Es aquí, donde esta reflexión pretende incursionar reconociendo la crítica a la visión antropo-centrista del mundo, que Foucault (1996) hace al pensamiento moderno, donde el saber se hace poder-verdad, para suponer, que la mediación profesional se convierte en estrategia de control a través de prácticas discursivas legitimadas por las instituciones y discursos legitimadores de esas prácticas, desde metodologías instrumentalistas. Los aportes de la investigación, en esta línea, en la que viene incursionando la autora desde el año 2000, para comprender ¿Por qué, a pesar de una formación científica, el profesional reifica su hacer o le cambia el horizonte; esto es, lo vuelve operativo? Deja en claro, el emergente fenómeno de la ‘tecnofilia profesional’.

La investigación sobre la praxis de los Trabajadores Sociales en Manizales (Duque: 2004), muestra una marcada presencia de pensamiento unidimensional en la praxis del Trabajador Social. Situación, que a pesar de amarrarse al sentimiento de estar haciéndolo bien, conduce a errores o ilusiones que, ideológicamente, muestra una postura ética utilitarista, bajo un velo de una falsa neutralidad. Ello explica la aparición de ciertas inconsistencias, que no lo serían para una mente abierta; inconsistencias posicionadas como factibles, reales y verdaderas en un modelo atomizado del mundo. Se devela un profesional, que hace Trabajo Social como sujeto de contradicción discursiva (teórico-práctica), que asume el contexto de significaciones como algo dado y no pre-dado, que tiene  que ser refractado por la auto-regulación, esto es, re-construido. En sus conclusiones, muestra esta investigación, además de un frágil sistema humano o de personalidad (perfil profesional), los siguientes puntos críticos o débiles:

1. La reflexión onto-epistemológica en torno al estatuto de cientificidad.

2. La discusión pedagógica en torno a los conceptos de sujeto, sociedad, realidad, educación, aprendizaje, entre otros.

3. El reconocimiento y co-construcción de la matriz profesional.

4. La comprensión del sujeto como punto nodal en la formación (dotación, competencia, cosmovisión, rupturas…).

5. El replanteamiento de la investigación como marco de actuación.

6. La valoración metodológica (táctica, operativa, estratégica, teórica).

7. La identificación de un lenguaje para la profesión.

8. La lectura meta-teórica en torno al problema de la vigilancia epistemológica.

9. El cambio de paradigmas o la apertura paradigmática.

10. La prevalencia de prácticas de intervención sin reflexión sobre el método, sólo orientadas por técnicas, instrumentos y actividades (Ibíd., 278).

Una segunda investigación (Duque: 2005), reporta la presencia del pensamiento sincrético desde los modelos mentales de los Trabajadores Sociales, sustentados por teorías del sentido común, que en consecuencia, se orienta por una heurística débil. Se encuentra que el sistema de representaciones, basado en creencias, rompe con la formación científica donde la presencia de modelos mentales simplificadores de la realidad para un 94% de los profesionales, lo pone en desventaja para enfrentar hoy la complejidad. Afirma la investigadora, que esto va en perjuicio de la profesión, no obstante reconocer que es un fenómeno generalizado, al menos en el campo de los profesionales de las Ciencias Sociales aplicadas (profesiones), no es exclusivo para Trabajo Social. Desventaja discursiva que explica la crisis de la profesión frente a esa tecnofilia instaurada, que niega el método de intervención sustentado en referentes científicos.

Esta reflexión, como síntesis, lleva a plantear tres hipótesis conclusivas así:

H1- 1) Los Trabajadores Sociales tienden a moverse en los marcos de una psicología ordinaria; 2) Las prácticas sociales de la mayoría de los Trabajadores Sociales son de corte tecnicista; 3) Los Trabajadores Sociales tienden a cotidianizar sus prácticas sociales enmarcadas en modelos mentales limitados a una acción empírica; y 4) La praxis del Trabajo Social tiende a re-producirse y no-transformarse como prácticas hiper-empíricas, no profesionalizantes.

H2- No se observan modelos de la práctica, dados modelos mentales, en coherencia con la constitución científica de la profesión. Al parecer los modelos están en coherencia con las demandas institucionales; coherencia que reafirma una demanda técnica que los sustenta. ¿Es el efecto de una práctica limitada a la capacidad técnica del Trabajador Social? ¿Es la demanda técnica la que limita el desarrollo de la capacidad para poner en marcha modelos complejos o prácticas xenofóbicas?

H3- El uso de la retórica ligado a las lógicas inductivas, niegan la re-configuración de los modelos mentales donde la abducción peirceana no encuentra piso para una acción que se desligue del ‘deber ser’ y se oriente al ‘poder ser’, dirigida al desarrollo del potencial humano, incluidos los Trabajadores Sociales. Ello dice de procesos de formación ajenos a procesos de desarrollo humano como estrategia para el desarrollo social, donde hay que dar el salto al trabajo hermenéutico para darle sentido a la heurística como posibilidad de innovar a través de un ejercicio interpretativo-argumentativo (Duque: 2005, 330)[18].

Frente a la producción de textos de apoyo para la práctica del Trabajo Social, y para la formación en los procesos de enseñanza-aprendizaje, referidos a los métodos de intervención, de circulación cercana, se puede apreciar:

1. Según Barreto, et. al. (2003), la circulación en unidades académicas de Trabajo Social en Santafé de Bogotá de 22 documentos en Trabajo Social de caso (de ellos, 8 libros), 34 documentos en Trabajo Social de Grupo (de ellos, 15 libros), 50 documentos en Trabajo Social con Comunidad (de ellos, 18 libros), 66 documentos generales (de ellos, 27 libros).

2. Según Camelo y Cifuentes (2007), la ubicación de 15 libros en fundamentación epistemológica de la metodología integrada, en Santafé de Bogotá.

3. El señalamiento de los siguientes 40 autores contemporáneos (la mayoría latinoamericanos), posteriores al período de la re-conceptualización, como los principales exponentes en torno a asuntos metodológicos (métodos, modelos, enfoque) de un Trabajo Social no clínico-generalista, no especializado[19], que circulan en el medio cercano y centrados en las metodologías generales y en, las mal llamadas, metodologías de caso. No se incluyen trabajos sobre grupo y comunidad por situarse en la tendencia construccionista.

Alfredo Juan Manuel Carballeda.

Alicia Kirchner

Anamaría Campanini.

Antonio de Tommaso.

Bibiana Travi.

Carlos Montaño.

Cristina de Robertis.

Elizabete Biorgiani.

Ezequiel Ander-Egg.

Francesco Luppi.

Gracia Fuster.

Jesús García.

Jesús Melian.

Jorge Escalada.

Jorge Torres.

Josefina Fernández.

Juan Jesús Viscarret.

Lidia Reynoso.

Lilian Calvo.

Lisbeth Johnsson.

Malcom Payne.

Margarita Quesada.

María Dal Pra Ponticelli.

María del Carmen Mendoza.

María Elena Armas.

María Eugenia Martínez.

María Lucía Martinelli.

Mathilde Du Ranquet.

Mercedes Escalada. 

Mónica Casalet.

Mónica Chadi.

Natalio Kisnerman.

Nidia Aylwin.

Olga Lucía Vélez.

Rut Noemí Parola.

Susana García.

Teresa Matus.

Teresa Zamanillo.

Vicente Faleiros.

Yolanda Contreras.

 

4. La identificación (en físico) de sólo cuatro libros sobre el método del Trabajo Social, del período de la re-conceptualización (Prieto y García: 1973; Lima: 1976; Cassineri: 1981;  Barreix: 1997). 

5. El registro de dos libros sobre la versión instrumental del método en Trabajo Social: una referida a modelos clásicos (Travi: 2006), y el otro el método genérico o único o básico (Aylwin: 1999).

6. Alta circulación en el medio de los textos producidos para el Trabajo Social por el Sociólogo Ezequiel Ander-Egg: 1976, 1982, 1992, 1994, 1996, 1997, 1997ª.

7. Poco abordaje de los métodos en artículos y en algunos  capítulos de libros, posterior al período de la re-conceptualización.

8. La dispersión y precario manejo de lo metodológico en la literatura en circulación para Trabajo Social.

            En síntesis, se perfila aquí una línea de trabajo constructivista que sin excluir las posibilidades del marco construccionista, deja abierta la mirada a metodologías emergentes que se conciben en el constructo de “sistema generativo” de Morin. Metodologías que se piensan como posibilidad permanente de actualización de la información (energía) de los sistemas que intercambian permanentemente con sus entornos desde tres instancias: práctica, existencial y metabólica. Para ello, el puente heurístico lo conformarían los métodos autopoiésicos que suponen el arte mismo de re-crear la condición humana-social.

 

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NOTAS

[1] Trabajadora Social. Docente Departamento Desarrollo Humano, Universidad de Caldas. Documento de trabajo inédito, 2011.

[2] Hay que reconocer que en el escenario de la intervención clínica (terapia, rehabilitación,  etc.) las propuestas no se dejan sentir, sobre todo en el escenario de familia y desarrollo humano.

[3] Véase referencias en DUQUE, Aura Victoria (2010).

[4] Véase DUQUE, Aura Victoria (2004).

[5] Véase. DUQUE, Aura Victoria. Didácticas sociales. Un re-pensar los métodos educativos en Trabajo Social. Manizales: Editorial Universidad de Caldas (en prensa), 2011.

[6] Véase Duque (2005).

[7] Véase, Duque (2011)

[8] El paradigma, construccionista, nace para el Trabajo Social en la línea de la teoría crítica durante el período de la re-conceptualización, para demarcar diferencias con los otros paradigmas en su concepción de sujeto. Mientras para el constructivismo, ya evidenciado en Richmond, prima el sujeto epistémico donde la pauta de transformación son los esquemas mentales, para el construccionismo lo hace el sujeto social con una pauta de transformación centrada en los patrones culturales. Recordemos, que en este texto, por la complejidad del tema, sólo se abordan los métodos en la perspectiva constructivista, no necesariamente asumido como el Trabajo Social de casos individuales.

[9] El llamado método o metodología genérica para el Trabajo Social, con difusas raíces en los modelos clásicos (diagnóstico-tratamiento), pero con evidencias de su emergencia en el período de la reconceptualización, hoy se ve como un proceso para toda praxis social desde cualquier disciplina y profesión dentro del ámbito humano-social, bajo los pasos: diagnóstico (investigación), diseño de estrategias (planificación), ejecución, evaluación y sistematización. Dicha metodología, por lo regular, no especifica que para cada paso, como proceso general, hay multitud de métodos; mucho menos, precisa los métodos educativos que se involucran en el nivel de ejecución mostrándose únicamente técnicas y actividades.

[10] Para cumplir con estos requerimientos, el programa de Trabajo Social de la Universidad de Caldas, propone como electiva de profundización “El seminario de Metodología de Trabajo Social”, que se inicia en el segundo período académico del 2007, orientado por la autora de este trabajo. Igualmente, hay que señalar que una de las dificultades encontradas para el proceso de enseñanza-aprendizaje, es la dispersión, ausencia o débil conceptualización en torno a la literatura contemporánea en el tema. Con la reforma curricular (2009) se incluye ya no como electiva el curso “Alternativas de intervención”.

[11] Véase Duque (2005).

[12] Soportan este análisis los siguientes trabajos, en la sub-línea de investigación de metodologías re-generativas: 1) La investigación: “Didácticas autopoiésicas en la intervención en el Trabajo Social: Estado del arte de experiencias en desarrollo humano: 2000-2007” (Duque: 2009 y 2010; Duque y Gallego: 2008);  2) La operacionalización de la concepción metodológica en seis proyectos de práctica de estudiantes de Trabajo Social (Gallego (2007), Calderón (2007), Hernández (2007), Marín (2007), Jaramillo (2008), Angarita (2008), asesorados por la autora de este trabajo; 3) Tres trabajos de grado como investigación aplicada, asesorados por la autora (Hernández y Sánchez (2009), Gallego (2009) y Marín (2009); y, 4) El proyecto social de desarrollo humano: “Transición al ciclo universitario de estudiantes de Trabajo Social: 2007-2008”, coordinado por la autora. Igualmente se registra25 proyectos de desarrollo social 2000-2009(Práctica institucional asesorada por la autora).

[13] No es de desconocer una particular, aunque restringida circulación de textos frente a los fundamentos metodológicos, a los modelos, y a los métodos generales pero parcelados; y, una producción significativa en Trabajo Social Clínico o Terapéutico con algunas experiencias (que poco visibilizan el método) en áreas como: Familia, Salud, Organizaciones, o problemáticas particulares como: Niño de la Calle, Mujer, Discapacitados, Drogadicción, Tercera edad, Trabajo Hospitalario, etc.

[14] Véase Duque (2010).

[15] En las sociedades modernas, según el Icfes (2000), cuatro dimensiones, a partir de la década de los 80’, se estructuran como orden simbólico, ellas son: 1) Los avances científicos y tecnológicos, informáticos y de la comunicación; 2) La transformación de la actividad educativa y la redistribución de las ocupaciones; 3) La internacionalización de las sociedades y sus economías; y 4) El aumento del nivel de educación y de la base de conocimiento en las sociedades avanzadas.

[16] La investigación se plantea como problema: ¿Qué enfoques epistemológicos, sistemas teóricos, conceptuales y referentes metodológicos fundamentan la metodología integrada de Trabajo Social, desde planteamientos actuales de las ciencias sociales? 

[17] Abórdese el concepto de saber práctico como el conjunto de representaciones producto de la experiencia y los discursos profesionales, desde el diálogo conceptual mediado por la razón no instrumental, en la propuesta habermasiana. No, como la práctica de campo.

[18] Los desarrollos más recientes, en esta línea se concretan en Duque (2009), donde se sistematiza las experiencias en Desarrollo Humano (2000-2007), para la propuesta de un método autopoiésico, que se re-vitaliza con una base común. Igualmente, se registran tres trabajos de grado que sistematizan experiencias de campo, de estudiantes de Trabajo Social de la universidad de Caldas, reconocidos como “Meritorios”, y la realización más reciente, como ya se señaló, de cuatro proyectos de práctica en el 2008.

[19] Recuérdese que sólo se incluyen, en esta reflexión, autores, Trabajadores Sociales, con publicaciones de libros. No se incluyen: 1) Autores que sólo han publicado artículos, así sea en la línea constructivista; 2) Autores que han publicado temas metodológicos que se inscriben en el paradigma o enfoque construccionistas (el interés de este texto, recordemos, es centrarse en el paradigma constructivista), y 3) Producciones de textos en grupo, comunidad y especificidades de Trabajo Social (salud, familia, laboral, ecología, organizaciones, bienestar, niñez, mujer, etc.)

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17/09/2013 16:05 Aura Victoria Duque Enlace permanente. Trabajo Social No hay comentarios. Comentar.

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LA DIDÀCTICA AUTOPOIÈSICA.

LA DIDÀCTICA AUTOPOÈSICA

 

Autora: Aura Victoria Duque

 

Pensar ùna didàctica para el Trabajo Social en la perspectiva constructivista, donde el pensamiento hermenèutico o propia capacidad para interpretar, se hace necesario, dado que somos, queramoslo o no, heremeneutas naturales, es abordar la pauta de acciòn que allì se involucra. Es referirse al afrontamiento, a como los actores sociales como seres autopoièsicos estan en capacidad de auto-reproducirse, de generar pautas efectivas de vida, como dirìa Morin de apuntarle al sistema generativo, que el asume como: la informaciòn que contiene el sistema que lo contiene (es decir lo define, le da su esencia, su ser...), y que es de tres tipos: metabòlica, practica y existencial. Se conjugan asì, podriamos afirmar, los tres mundos de Habermas y Popper, ya en Morin como condiciòn, màs amplia, bio-socio-antropo-cosmica (vida en todas sus manifestaciones materiales y biològicas, el hombre en relaciòn social y como ser espiritual). En otras palabras, se involucra la perspectiva humana de auto-eco-organizaciòn como herramienta generativa (constituciòn del yo o del sujeto en su vìnculo con el entorno, y a partir de procesos permanente de re-organizaciòn).

Se involucra al sujeto vulnerado en sus transiciones ecològica (cambio de roles, cambio de contextos o ambos), en cada fase de su ciclo vital, donde emergen crisis naturales o contingentes. Un sujeto que perturbado en su capacidad operativa, en terminos de Goleman debe cruzarse los siguientes momentos: 

1.Calmarse antes de pensar y actuar.

2.Reflexionar sobre sus sentimientos y emociones poniendolos en contexto.

3.Tomar conciencia de la conducta objeto de reflexiòn.

4.Expresar (hablar) sus sentimientos para la auto-inter-conciliaciòn. Primero para evitar la culpa, y segundo para reconocer en la interacciòn responsabilidades.

5.Desarrollar el pensamiento reflexivo a travès de procesos de aprehendibilidad humana.

Estos, como principios,  permiten proponer para la actuanciòn del Trabajador Social, un mètodo educativo (didàctica autopoièsica) con una estructura trìadica:

A: analisis de narrativas (momentos 1 y 2 ).

B: bùsqueda de narrativas ocultas (momentos 3 y 4).

C: Co-construcciòn de narrativas alternas (momento 5).

Esta heurìstica de la acciòn se operacionaliza a travès del aprendizaje mediado (el Trabajador Social como mediador, diferente a una intervenciòn directiva o no directiva y el desempeño del rol educativo). Se busca dar respuestas al afrontamiento donde se vulnera la dimensiòn emocional que bloquea la racionalidad de la acciòn y por tanto se vulnera su dignidad humana al no cumplir con el acometido que el PNUD sugiere en el Informe mundial del desarrollo humano. 2006, de: "...permitir a las personas tener una vida que valoren y permitirles aprovechar su potencial como seres humanos".

 

BIBLIOGRAFÌA

-GOLEMAN, Daniel. Inteligencia social. Mèxico: Planeta, 2006.

-MORIN, Edgar. Ciencia con consciencia.Barcelona: Anthropos, 1984.

-DUQUE, Aura Victoria. Aprehendibilidad. Tema transversal para la pràctica del Trabajo Soial. Manizales: Universidad de Caldas, 2009.

-DUQUE, Aura Victoria. Pensar en un Trabajo Social para el desarrollo humano autopoièsico desde el mètodo hermenèutico. En: Revista Elehutera de la Universidad de Caldas. Manizales, Nro. 3. 2010.

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17/09/2013 15:58 Aura Victoria Duque Enlace permanente. Trabajo Social No hay comentarios. Comentar.

LA TRAMA DE LA INCONSISTENCIA HUMANA-SER SUJETO POLITICO COMO RETO DEL TRABAJO SOCIAL-

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Pensar el Trabajo Social como ‘agencia política para el cambio’ remite a la discusión de dos asuntos; uno, el de las prácticas profesionales y académicas enfrentadas a la complejidad del pensamiento contemporáneo y, otro, el del sujeto, en tanto profesional o prospecto de profesional que, con sus narrativas de vida, construye el mundo de la vida para dar sentido a su cotidianidad bajo el principio autopoietico: producto-productor de la acción social o, desde otra perspectiva, configurar la condición humana que, no es otra cosa que el entramado instituido por la interacción: sujeto-realidad-historia o redes conversacionales que definen lo social.

 Ahora bien, el primer asunto será objeto de discusión y análisis en otro espacio como objeto de investigación semiótica o hermenéutica que, a partir de los significados expresados en los discursos, devele ‘las practicas discursivas’, de las comunidades académicas, bajo el principio epistémico citado. Aquí el interés se centra en el segundo asunto para preguntarse por el sujeto que produce y reproduce significados no sólo en un contexto de significación, dotado por la cultura como expresión simbólica, sino por los significadores que, como carga emocional, moral y cognitiva, definen al actor social protagónico en su territorio a través de la acción comunicativa. Ello lleva a precisar que el mundo no se construye en la realidad del discurso (lo enunciado), pues se estaría sugiriendo una relación de distancia y el mundo se daría en la representación como tal (predeterminado) y no se estaría objetivando, en términos de Berger y Luckmann (2001). El mundo se construye en la interacción a través del lenguaje en el entendimiento dialógico; surge precisamente en un proceso de intercambio en el horizonte de un ejercicio de interpretación.

 Construir mundo implica así una cercanía permanente con la contingencia, con la incertidumbre y con el azar, como lugares de emergencia de la crisis. Esto es, como emergencia que al negar otros puntos de vista o al pactar intersubjetivamente verdades que violan cualquier criterio de validez caen en la entropía humana. Tal como afirma la Trabajadora Social Teresa Matus (2003), se vive la paradoja civilizatoria, esto es, se pretende conservar lo inconservable, se persiste en juegos de poder que generan violencia y se definen estrategias para sancionarla.  En fin, crisis que  expresa un norte de la convivencia humana condensado en figuras fantasmagóricas de poder, donde la acción comunicativa es una falacia  bajo las figuras de: ‘reconocimiento de la diferencia’, ‘respeto por lo otro’, ‘transparencia’ y, algo no menos significativo, ‘el derecho a disentir’ y ‘el derecho a no ser incluido en el infierno de los otros’.

Aquí imaginarios de miedo trasversalizan al sujeto, negándolo como actor social al imbricarlo en una cultura del autoengaño. Tal como asume Habermas (1999), en su crítica a las ideologías, se distorsiona la comunicación a través del ejercicio de la violencia invisible, cuando ésta se regula por límites impuestos a través de la coacción como lugares comunes aceptados desde afuera. Este pensador da una interesante salida mediante la problematización de las pretensiones de validez de los presuntos asuntos del conflicto (como discrepancia) que, como disenso frente a los contenidos proposicionales del discurso, se manifiestan en pugna de expectativas para perturbar el sentido pragmático de la interacción y su contenido normativo. En esta perspectiva, para resolver la crisis, lo que se demanda es un ejercicio de interpretación que a la vez es un asunto no sólo de conciencia moral sino de cognición (uso de razón) y emoción (autorreconocimiento como actor social).

 De lo anterior se infiere, por un lado, que las dudas no deben ser objeto de negación sino de explicaciones, razones y justificaciones basadas en criterios de inteligibilidad, validez y veracidad y, por el otro, que la ruptura de la acción reciproca y corresponsable, presupone un problema de verdad que inmediatamente remite a la escisión de los intereses de la acción en los planos de la racionalidad humana (orientación estratégica, orientación normativa y orientación al entendimiento mutuo). Se cae en el imaginario de un mundo fragmentado por la incompetencia del los sujetos. Al respecto Habermas afirma: “El mundo de la vida sólo se abre a un sujeto que haga uso de su competencia de comunicación. Sólo puede tener acceso a él participando, al menos virtualmente en las comunicaciones de sus miembros y por tanto convirtiéndose a sí mismo en un miembro por lo menos potencial” (Habermas: 1999:13).

 En este punto de la reflexión ya es evidente el caos de la vivencia cotidiana y la pregunta sobre la validez de la acción del agente, en este caso el Trabajador Social, que supone agenciar la agencia política cuyo acometido es el actor social configurado como sujeto político. Sujeto que racionalmente motivado se orienta en perspectiva del otro para fijar metas teniendo en cuenta las consecuencias de su acción. Se observa que este acometido es desalentador frente a la realidad humana como tejido ralo que cuestiona la presencia del sujeto político. Este sujeto aquí no tiene posibilidades al negarse y negársele el dialogo de subjetividades y la negociación de significados.

 Al no haber sujeto político, el acometido para el Trabajo Social, frente a la pretensión de agenciar lo político, es el de crear una escuela de actorazgo social que, en el contexto de la autocomprensión, de luces a la ilusión teleológica (pretensión de ideales) a partir del autoentendimiento hermenéutico como estrategia de autoconocimiento. Esto es, sugiera el uso de la razón mediante la voluntad como base de la razón practica-moral. Esto implica el develamiento de modelos de poder, de falsas pretensiones del proyecto de vida y de idealizaciones yoicas (deseos de verse).

La permanencia de la inconsistencia humana (desarmonía de los mundos), en tanto inconciencia moral, re-produce sujetos neurotizados que hacen de la convivencia cotidiana “el infierno de los vivos”, en palabras de Italo Calvino (1988). Quiere  ello decir, si se miran las conciencias humanas a través de lo que comunican por medio de los lenguajes no verbales, que se habita un territorio con limites difusos, impuestos al libre albedrío del otro, cuya constante pereciera ser la destrucción de la trama de la vida. Cosa paradójica si, como humanos, el sentido de la vida es la vida. Esto es muestra de un sujeto presente en el drama de la distorsión y ausente en el drama de la conmiseración humana (compasión por el otro).

Para finalizar, a manera de colorario: si Trabajo Social, en su función formadora con orientación ética en la pretendida perspectiva de la discursividad argumentativa, no se abre a la acción comunicativa, como estrategia de interacción social (su objeto), en tanto, quiérase o no, agencia de actores sociales que como sujetos políticos impacten su propia realidad y la de otros, estará condenado al ostracismo.

 Hay que develar mediante una lectura hermenéutica las estrategias de poder, si se pretende construir ciudadanía, paz y convivencia pacifica, en desde y para el Desarrollo Humano crítico o en la perspectiva de la complejidad y cuestionar practicas profesionales situadas en acciones estratégicas que fragmentan al sujeto y producen cegueras del conocimiento con cosmovisiones producto-productoras de modelos mentales ingenuistas. ¿Que hacer? Atacar al miedo y recuperar al sujeto…!he ahí el reto de un Trabajo Social agenciador de lo político!... Una salida: ‘un darse cuenta de’.

 

BIBLIOGRAFÍA

 BERGER Y LUKMANN (2001). La construcción social de la realidad. 17º edición. Buenos Aires: Amorrortu.

BOWLBY, John. (1998). El apego y la pérdida 1. Barcelona: Paidos.

MARTIN, Doris y BOECH, Karier. (1997). Qué es la Inteligencia emocional. Santafé de Bogotá: Círculo de Lectores.

CALVINO, Italo (1988). Las ciudades invisibles Madrid: Siruela.

DE GREGORI, W. (1999). Construcción del poder de tus tres cerebros. Bogotá: Kimpres.

DEJOURS Christophe (2001). El factor humano, Asociación trabajo y sociedad. Buenos Aires: Editorial Lumen.

GOLEMAN, Daniel (1995). La Inteligencia Emocional. Santafé de Bogotá: Javier Vergara Editor.

HABERMAS, Jürgen (1999). La teoría de la acción comunicativa. Racionalidad de la acción y racionalización social. Cuarta edición. Madrid: Taurus, 1999. Tomo I.

HOWE, David. (1997). La teoría del vínculo afectivo para la práctica del Trabajo Social. Barcelona: Paidos.

MATURANA, Humberto (1997). Emoción y lenguaje en educación y política. Novena edición. Santiago de Chile: Dolmen.

MATUS, Teresa (2003).

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